Van Halen collage

Van Halen collage

viernes, 14 de octubre de 2016

La franquicia Download Festival llega a Madrid. ¿Acierto o pérdida de encanto?

Se confirmó el rumor: en junio de 2017 habrá edición del Download Festival en España. Será en Madrid durante dos días, 23 y 24, aunque el recinto no ha sido desvelado aún. En cuanto a los grupos, por ahora sólo se sabe que actuará System of a Down. A priori es una gran noticia, un lujo que el heredero del mítico Monsters of Rock se deje caer por aquí. El pasado verano ya se celebró en París con cierto éxito y parece que la franquicia inglesa tiene la intención de extenderse por toda Europa. Ahí me surge la gran duda. ¿De qué estamos hablando? Esto no es Starbucks, Burger King o 100 Montaditos. Para aquellos que crecimos con el sueño (para mí cumplido) de pisar alguna vez Donington Park, esta apertura de fronteras puede suponer una pequeña decepción. Me explico. El encanto, el misterio adolescente, estaba en la lejanía, aquellos carteles insuperables, fotos e imágenes escasas con las que alucinabas... A menudo te preguntabas, ¿cómo sería presenciarlo in situ? Seguro que no iré jamás y me tengo que conformar con migajas como el infame Viña Rock. Sorpresa. Pasados los años por fin lo pude comprobar. En 2010 estuve allí tras una odisea de viaje que se complicó todavía más en 2012. Lo realmente complicado del Download británico es llegar, las distancias entre escenarios dentro de una extensión inmensa, pelearte con el barro y la lluvia, las malditas libras... Sin embargo, todo eso merece la pena cuando después te paras a pensarlo. El sonido impecable, las pantallas en HD, bandas exclusivas, el ambiente, la puntualidad, se respira una cultura musical que, sinceramente, no he encontrado en ningún sitio. El esfuerzo tuvo una merecida recompensa, algo que se podría perder al convertirlo en un festival al uso. Demasiado fácil, rápido, como un Big Mac. La experiencia fallida del Sonisphere, casi desaparecido, es un ejemplo muy claro de lo que quiero decir. Con estas cosas no se debe jugar.


Mientras espero más detalles, de momento soy un poco escéptico. No sé si estamos preparados para recibir un evento de esta magnitud. Una organización tan impecable como aquella no es compatible con la improvisación española. Ojalá me callen la boca, seré el primero en disculparme por no confiar en una promotora tan potente como Live Nation y, sobre todo, porque no me fío un pelo de la reacción del público con el que compartiré los conciertos. Porque yo iré a eso, a ver a los grupos pasando el mejor rato posible. Para otra ocasión dejaré algunas salidas de pata de banco que suelen cargarse este tipo de concentraciones masivas. Al menos en mi caso, se trata de tomarse unas cervezas (si cae chupito de Jäggermeister mejor) mientras disfruto, espero, de las mejores bandas que puedan contratar. Medios tienen para hacerlo, veremos si los aprovechan. Para desparramar como sino hubiera mañana, igual me equivoco, existen otros sitios mejores. El precio inicial del abono (100 euros más gastos) es asequible, la tentación es grande como para dejarla pasar. Ya sería hora de que un festival en condiciones se asiente en Madrid. Será una prueba de fuego para la que, finalmente, sólo pido una cosa: descartar los secarrales de Getafe o desiertos similares. La intención es plantar la semilla del Download para que crezca, no lo contrario. Se habla de la Caja Mágica, el recinto del Rock in Rio en Arganda (me encantó hace tiempo) está medio abandonado... Esperemos acontecimientos. Juro que hasta seré benévolo con el cartel si meten a Vetusta Morla.

viernes, 26 de febrero de 2016

Crítica de Greenleaf: Rise Above The Meadow (Napalm Records, 2016)

Stoner. Suecos. No hace falta más para definir lo que ofrece el sexto disco de Greenleaf. Un estilo claro y calidad garantizada. El brillante Trails And Passes (2014) había puesto el listón muy alto. No lo han superado, aunque en Rise Above The Meadow hay temas de sobra para disfrutar. Y de qué forma. Concebidos en su día como un proyecto paralelo, la banda ha pasado por numerosos cambios de formación. Ahora parece asentada con el cantante Arvid Jonsson, cuya peculiar voz es difícil de catalogar, el orondo y efectivo guitarrista Tommi Holappa, y la contundente base rítmica formada por Hans Fröhlich (bajo) y Sebastian Olsson (batería). Hace poco tuve la ocasión de verlos en directo en una actuación lamentable. No por su parte, ya que bastante hicieron para tocar en una condiciones paupérrimas, sino porque la sala (no la voy a nombrar) decidió cortar el concierto por sus c... antes de que acabara. La excusa de los límites horarios no me vale. Haberlo planeado todo antes con los grupos para repartir mejor el tiempo. Fue lo peor que he vivido tras muchos, muchos años de música en vivo. Por supuesto, jamás volveré al garito en cuestión. A lo que iba. En los pocos minutos que estuvieron sobre el escenario, Greenleaf demostraron no sólo su profesionalidad (las caras eran un poema cuando les hicieron la faena mencionada) sino también que lo de Suecia no es una casualidad. Es el nuevo vivero del rock más floreciente que nunca, una meca que produce sin cesar formaciones que algún día agruparé en una lista interminable. Me dejaré alguna fuera, porque cada semana sale una nueva. Brutal lo de allí arriba.


Nueve canciones (está de moda) y un bonus track, High And Low, que es de las mejores por cierto, componen Rise Above The Meadow. Los adelantos de A Million Fireflies, Golden Throne (muy QOTSA) y Howl ya me habían gustado de antemano. Sobre todo la última, dividida en dos partes, además de las sonido saturado típico del stoner, nos propone algún pasaje lisérgico/psicodélico en los que insisten en otras partes de este trabajo. Intercalan numerosos punteos de guitarra que en Pilgrim alcanzan notas sobresalientes. Larga y con dos partes diferentes es también, como indica el título, Levitate (Pt.1&2), donde la batería toma protagonismo. Se les ve cómodos en estas composiciones variables, complicadas de digerir en una primera escucha, pero que luego resultan ser las más pinchadas. Más arriba dije que la voz de Jonsson es extraña. Con un marcado acento escandinavo, no grita en exceso ni fuerza la marcha, lo que puede cansar un poco. Lo mismo ocurre en temas demasiado semejantes, pero la solución son unos cambios de ritmo colocados de forma estratégica. Todo un acierto para que la fiesta no decaiga en Funeral Pyre, Carry Out The Ribbons, You're Gonna Be My Ruin y Tyrants Tongue. Una obra completa, continuista respecto a la anterior, insisto que no mejor, pero pocas novedades tan atractivas se pueden encontrar en este estilo actualmente. O sí, porque si rebuscamos en Suecia... Me debería exiliar allí sino fuera por, en fin, por miles de razones.

martes, 23 de febrero de 2016

Concierto de Winery Dogs (Joy Eslava, 9-2-2016) y crítica de Inglorious, el telonero

Las prisas es lo que tienen. Al final siempre hay algo que sale mal, o al menos no como estaba previsto. El elevadísimo precio de las entradas me había hecho descartar acudir al concierto de Winery Dogs en su segunda visita a Madrid. Según se acercaba la fecha me fue picando el gusanillo y al final no falté a la cita. Nunca se puede despreciar la ocasión de ver juntos a tres talentos tan enormes (Kotzen, Sheehan y Portnoy), por lo que a última hora cambié de opinión sin prestar demasiada atención al grupo telonero. Tremendo error el mío, ya que los ingleses Inglorious acaban de facturar un discazo con mayúsculas de hard rock y heavy metal tradicional que, a buen seguro, merece la pena escuchar en directo. Capitaneados por el cantante Nathan James, cuyo torrente de voz la hace rivalizar desde ya con los mejores del género, su primer disco es una joya de principio a fin. Le acompañan los guitarristas Wil Taylor y Andreas Eriksson, mientras que del bajo y la batería se encargan, respectivamente, Colin Parkinson y Phil Beaver. Puedo asegurar que ninguno de ellos desentona en temas que mezclan lo mejor de Deep Purple (Until I Die, Breakaway), Free (Holy Water), Whitesnake (High Flying Gipsy), Led Zeppelin (Inglorious)... No son referencias de escaso valor a las que ellos imprimen su sello personal, un toque moderno que redondea una obra de altísima calidad. Baladas como la épica Bleed For You o Wake no son fruto de la casualidad, sino de un trabajo hecho a conciencia que no debería pasar inadvertido. Mala suerte, me los perdí como aperitivo de la banda protagonista en la Joy Eslava, que suena bastante bien pese a tener otros problemas, y es algo de lo que me arrepiento de verdad. Espero cogerles por banda en otra ocasión, porque me juego lo que sea a que no decepcionan.


Y vamos con lo gordo: The Winery Dogs. Lo primero, el sold out hizo que en la sala se congregara mucha más gente de la que realmente cabe. Literalmente, había personas subidas en los focos del último piso. Segundo punto, algunos/as no sabían lo que estaban viendo o no les interesaba mucho, ya que estaban sentados/as en los sillones en plan discoteca sólo pendientes del móvil. Lamentable actitud, sobre todo porque los seguidores de verdad, aunque entramos con el tiempo justo, nos tuvimos que buscar un mínimo hueco entre la multitud para intentar disfrutar del concierto. Tercero, la banda toca sobrada, es impresionante el dominio que tiene de los instrumentos (lo de Portnoy con la batería es de otra galaxia), aunque vi a Richie Kotzen bastante desmejorado. Con la guitarra lo bordó, porque la técnica, el feeling, el soul, se le caen de los bolsillos. Lo malo es que parecía estar recién levantado, con mala cara y pinta de mendigo. Lo digo con el máximo de los respetos hacia un artista enorme al que sigo desde los tiempos de Poison. Igual tuvo una mala noche, mientras que Billy Sheehan nos asombró de nuevo martilleando el bajo sin piedad, a una velocidad endiablada, mostrando recursos que sólo una leyenda así es capaz de dominar. Cuarto asunto destacable. En mi opinión, el disco debut de Winery Dogs es bastante superior al Hot Streak que venían a presentar. Elevate o Desire, que de forma inteligente se guardaron para el final de su actuación, están un poco por encima de cualquier canción nueva. Ojo, que Oblivion, Hot Streak, Captain Love o la emotiva Fire alcanzan un nivel sobresaliente, técnicamente perfecto, y se ajustan como un guante al repertorio de los americanos. Punto final: no faltaron los solos de bajo y batería, cortos y poco cansinos, lo cual se agradece teniendo en cuanta de lo que serían capaces estos monstruos. Por separado podrían dar un clinic magistral de su especialidad, juntos forman una sociedad ilimitada de hard rock, blues, progresivo y hasta unas gotas de jazz. Son muy buenos, un lujo para los oídos, quizás demasiado para aquellos que sólo van a figurar y trastear con el puñetero smartphone.

domingo, 14 de febrero de 2016

Concierto de Bryan Adams (Vistalegre, 28-01-2016): Enésima lección de un caballero

Bryan Adams siempre ha sido, es y será una de mis debilidades. Admito que lleva mucho tiempo viviendo de las rentas, siendo noticia por cosas diferentes a la música, pero tras lo visto a finales del mes pasado en Vistalegre, cualquier duda sobre su talento quedó despejada. Sobre todo, porque aún disfruta de lo que hace, un aspecto vital para seguir llenando grandes recintos después de tantos años de carrera. Rodeado de unos músicos increíbles, el canadiense demostró que sabe rockear, entretener y emocionar con la misma soltura de siempre. Fue un concierto soberbio, muy completo, con un sonido hasta bueno pese a dónde de celebró, y con un cierto regusto británico. Y es que había mucha clase sobre el escenario, tablas, experiencia, buen humor y una larga ristra de temazos por los que cualquier artista mataría. Adams venía a presentar Get Up, su nuevo disco en el que ha recuperado algo la chispa perdida, que contiene un puñado de canciones perfectas para interpretar en directo. Ahí arriba ganan bastantes enteros. Luego entramos en el mundo, la galaxia, la dimensión Reckless. Una obra maestra sin discusión que hace poco cumplió 30 años. Aunque hubieran pasado 100, himnos como Summer Of 69, Run To You, She's Only Happy When She's Dancing, Heaven (les quedó de lujo), Kids Wanna Rock, Somebody o It's Only Love no habrían perdido ni un ápice de frescura. Son un regalo no sólo para cualquier seguidor del rock, sino para el ser humano. La música existe, es lo que es, significa tanto para muchos (para mí es la vida misma) por canciones así. Impresionantes.


Lógicamente, Bryan fue el centro de todas las miradas, de las mejores tomas en las pantallas a ambos lados y dentro del escenario. Sin embargo, me fijé en la forma que tuvo de compartir protagonismo con el grupazo que le acompaña. El fino guitarrista Keith Scott se acercó a menudo a cantar con él mientras derrochaba kilates de calidad con las seis cuerdas. Ya fuera en formato eléctrico (hubo momentos de auténtico hard rock cañero) o acústico, demostró tener un nivel altísimo, complicado de encontrar hoy en día. Lo mismo se puede decir del batería Mickey Curry (pocos saben que estuvo tras los tambores de un disquito llamado Sonic Temple), del bajista Norm Fisher y el teclista Gary Breit. Además de las mencionadas joyas de Reckless, en el set list se fueron alternando temas nuevos y viejos hits de Waking Up The Neighbours, Cuts Like A Knife, 18 Til' I Die, baladas de bandas sonoras... Fue al final, ya en los bises, tras la fiesta rockandrolera del C'mon Everybody de Eddie Cochran, cuando el polifacético compositor se desnudó ante el público. Con Vistalegre a oscuras y un foco apuntándole, cogió su guitarra (casi nunca se separa de ella) para tocar en solitario She Knows Me, la cautivadora Straight From The Heart y All For Love, que fue coreada por el Palacio al unísono. Final perfecto para una noche perfecta repleta de detalles imperceptibles para los que se quedan con el Bryan Adams del anuncio, el fotógrafo, la balada ñoña (nunca lo son). Para los demás, al menos para mí, este señor se merece el mayor de los respetos. Un caballero. 10 de 10, Mr. Adams.

sábado, 13 de febrero de 2016

Póker de ases: The Cult, Monster Truck, The Temperance Movement y Last In Line

Tengo que recuperar el tiempo perdido. No paran de salir discos nuevos interesantes en este inicio de 2016 y, de momento, voy a meter en el mismo post a cuatro de ellos. Empiezo por los más mediáticos, si se puede decir así, los británicos The Cult. Llegan ya a su décimo trabajo en estudio con un Hidden City que cumple de sobra con las expectativas. Mezcla de su parte más rockera y con la espiritual, no cabe duda de que Astbury y Duffy (una pareja ya mítica a la altura de las clásicas) son incapaces de hacer algo malo o simplemente, regular. Está claro que Ian ya no tiene la voz de antaño, pero ha sabido evolucionar, mientras que el guitarrista mejora como el vino. Destila clase en cada riff, cada solo, es increíble que no reciba más reconocimiento. La producción de Bob Rock, otro maestro, hace que cada instrumento suene a gloria, en su sitio. ¿Temas destacados? Todos. Me quedo con la trilogía inicial, la oscuridad de In Blood o Birds Of Paradise, Hinterland es maravillosa y GOAT (esa batería de Tempesta) nos devuelve a los tiempos de Electric. Casi nada. Avalanche Of Light está entre las mejores canciones de su carrera igual que Heathens... No tiene desperdicio. The Cult son una institución, lo saben y actúan en consecuencia. Indispensables una vez más, y van..


Ingleses son también, aunque mucho más recientes, The Temperance Movement. Bebiendo de las fuentes más clásicas del género, me sorprendieron hace tres años con su debut. Se les acusó de copiar en exceso a Black Crowes (menudo problema) y quizás por eso han querido dar una vuelta de tuerca a su estilo en White Bear. Tuve la suerte de verles en directo en una pequeña sala, donde me convencieron de que tienen su propia personalidad. La voz de Phil Campbell es increíble, se lleva casi todo el protagonismo dentro de una propuesta que une blues, psicodelia, rock and roll, soul... Todo es muy básico pese al barniz moderno que le han aplicado a los temas de su nuevo disco. Me quedo con los más potentes como Three Bulleits, Get Yourself Free, Modern Massacre o The Sun And Moon Roll Around Too Soon. Sin embargo, mi favorito es el que da título a su segunda obra. Tras un inicio brutal de slide, la cosa se suaviza para explotar de nuevo con el puente hacia el estribillo escondido. Me parece una montaña rusa originalísima. Oh Lorraine nos propone un blues del siglo XXI con armónica en plan bucle y un ritmo de bajo martilleante. Un experimento que mal no les ha quedado. Acaban con una balada preciosa, melancólica y cadenciosa. La típica despedida tranquila para calmar los nervios. Ya veremos hasta dónde pueden llegar.


Viajamos ahora hasta Canadá para analizar el segundo y esperado disco de Monster Truck. Aupados por el revival de los viejos sonidos hard rock, southern y blues, este grupo me explotó en la cara con Furiosity también hace tres años. Fue un debut bestial, sin descanso, como un tren desbocado al que no le importa empotrarse contra el tope de la vía muerta. Por los mismos derroteros discurre Sittin' Heavy, incluidos esos teclados de fondo que tanto empaque le dan al conjunto. Destacan algunos matices novedosos, eso sí, en canciones que rompen la alta intensidad eléctrica. Son los casos de For The People, Black Forest (la mejor) y Enjoy The Time. El vozarrón grave de Jon Harvey les viene como anillo al dedo y sus compañeros cumplen a la perfección para que el ritmo, que a veces puede parecer repetitivo, no decaiga en ningún momento. Coros y estribillos que se quedan marcados a fuego hay un montón (Don't Tell Me How To Live, Things Get Better, The Enforcer), y son más que adecuados para gritarlos en directo. Tengo ganas de ver a esta gente, aunque en la inminente gira europea España se ha quedado fuera. Igual en los festivales de les pillo.


Para acabar este repaso express, no puedo olvidarme del Heavy Crown de Last In Line. No sé si está concebido como el enésimo homenaje a Dio, pero es el más brillante en mi opinión. Los músicos que acompañaron al pequeño cantante en aquel disco inolvidable se juntaron para versionarlo y después decidieron crear uno nuevo, con canciones inéditas de mucha calidad interpretadas con sumo gusto. Otra cosa no de podía esperar del talento indiscutible de Vivian Campbell (guitarrista), Jimmy Bain (bajo) y Vinny Appice (batería). Los dos últimos formaron la base rítmica más precisa y contundente que he escuchado nunca en el heavy metal. Este trabajo sirve como obra póstuma de Bain, que falleció en el último mes de enero negro que ha vivido el rock. Por si las referencias fueran poco válidas, han encontrado un vocalista, Andrew Freeman, que no le anda a la zaga a Ronnie James. Se echaban de menos las cabalgadas guitarreras de Campbell (Def Leppard es otro mundo) como las de Martyr, I Am Revolution y Already Dead. De verdad, parece que estamos escuchando cualquier trabajo de la época más prolífica del propio Dio. El parecido es asombroso y el que tuvo, retuvo. Son como un reloj suizo, perfecto en su estilo, sin despreciar los tópicos del género, aunque sin sonar trasnochados. Al revés, los solos y las melodías de las canciones más pausadas desprenden frescura. Es un señor disco que seguramente pasará bastante inadvertido. Otro de tantos que irán pasando por aquí.


jueves, 11 de febrero de 2016

Concierto de The Darkness (Sala But, 15-01-2015): God save the new Queen

Con casi un mes de retraso, la visita de The Darkness a Madrid vale la pena para relanzar el blog tras un pequeño parón. Corren tiempos duros y me cuesta escribir, pero voy a intentarlo. El grupo de los hermanos Hawkins no es una formación al uso. Me explico. Su estilo es difícil de definir pese a que, en esencia, se trate de hard rock británico de toda la vida. A ello hay que sumar detalles glam, la personal e intransferible personalidad y voz de Justin y, a mi juicio, la referencia permanente a Queen. Todas estas señas de identidad destacan aún más en directo, como se pudo comprobar en una Sala But a reventar. Un sold out sorprendente, con mucho público que no sabía muy bien dónde estaba o a quién estaba viendo. Algo cada vez más habitual, sobre todo en fines de semana, en recintos que normalmente son discotecas y que se utilizan para conciertos ante la falta de salas adecuadas. Había demasiada gente y no encontré el sitio perfecto para disfrutar de la actuación, por lo que no dudé en adquirir el usb para descargarla días después en mp3 en la web del grupo de forma oficial y con muy buen sonido. Venían a presentar Last Of Our Kind, aunque el set list estuvo compuesto casi en su totalidad por las canciones de su primer y genial disco, Permission To Land. Se dejaron fuera temazos nuevos como Open Fire, lo que generó muchas criticas hacia ellos igual que los excesivos parones en el escenario. Si se trata de sacar punta podemos sacar multitud de defectos, como el abuso de los discursos y el humor inglés que casi nadie entiende, pero nos desviaríamos de lo realmente importante. La banda suena potente, convence a pesar de las idas y venidas, cambios de formación cuya última novedad es la adición de Rufus Taylor a la batería. Contundente en la pegada, el hijo del mítico componente original de Queen demostró que el puesto puede ser suyo por muchos años. Y teniendo en cuenta la influencia clara que la reina es para Darkness, la elección parece perfecta.


Volviendo al repertorio, me encantó un tema inédito que presentaron, Rack Of Glam, mientras que lo menos acertado fue el empeño que tienen por incluir la versión de Radiohead. No faltaron los falsetes y las piruetas de Justin, bastante desmejorado físicamente, las pintas retro del bajista Frankie Poullain, ni el buen hacer de Dan con las guitarras. Recurriendo al tópico, para que se me entienda mejor, es como el Malcolm Young de The Darkness, el cemento que une los ladrillos pese a que va a su bola totalmente. Eso sí, se deja de posturitas y ejerce su función de ensamblaje sin fisuras. Los momentos más álgidos, incluso de histeria colectiva, se vivieron con los hits más conocidos como Love Is Only a Feeling, Get Your Hans Off My Woman o I Believe In A Thing Called Love. Me pareció excesivo que tocaran su primer trabajo casi entero, aunque este grupo es así, imprevisible, y ahí reside parte de la genialidad que les diferencia del resto. Del injustamente olvidado One Way Ticket To Hell apenas sonaron dos temas (English Country Garden es 100% Queen), del disco de reunión Hot Cakes alguna más y del nuevo, paradójicamente, sólo un par: la inicial Barbarian y Roaring Waters. En general, el sonido fue aceptable y casi nadie pareció quedar insatisfecho por lo que había visto. Al menos es la sensación que me dejó un concierto que no pasará a la historia (me gustó más el anterior que vi en La Riviera) después de cumplir con su cometido: entretener, divertir y provocar con una buena noche rock and roll. A estas alturas, como suelo decir, poco más se puede pedir. Sólo una cosa, a los que no les guste y van a estos conciertos para figurar con las invitaciones, mejor que se queden en otro lado. Muchas gracias.

martes, 12 de enero de 2016

Concierto de Hamlet (Sala But, 8-1-2016): en ocasiones, lo natural sí es la perfección

He perdido la cuenta de las veces que he visto en directo a Hamlet. Y juro por mi vida que nunca, jamás, me han decepcionado encima de un escenario. Ni cuando éramos cuatro gatos apiñados en salas ridículas, ni a las cuatro de la tarde a 40 grados en un festival, en llenazos como aquel de La Riviera, grabaciones en vivo, ni por supuesto ahora que son, por derecho propio, el mejor grupo de metal (y de cualquier estilo, qué demonios) de España. Son una máquina de demolición, una apisonadora brutal que derriba muros como si fueran de papel con un sonido único, patentado, forjado a base de experiencia, de trabajo duro sin apenas ayudas... Un grupazo que nada tiene que envidiar a otros extranjeros con mucho nombre, pero poco cuajo, sin alma, algunos de los cuales viven de las rentas. En el caso de los madrileños es todo lo contrario, ya que el pasado viernes presentaban en la Sala But La Ira, un nuevo disco que, por momentos, iguala la gran calidad de su extenso catálogo. Es evidente que clásicos como J. F., Irracional, Egoísmo, Dementes Cobardes, Tu Medicina o Antes y Después se llevan las ovaciones más atronadoras, pero novedades como Mi Religión, Ser o no Ser (buen detalle el del vídeo animado) o Irreductibles se están convirtiendo ya en piezas claves del repertorio. La noche, fría y lluviosa fuera del recinto, se fue calentando dentro con la actuación de los teloneros Somas Cure, cuyo cantante se uniría a Hamlet en los bises igual que el de Estirpe, otra buena banda a la que, sinceramente, le tengo perdida la pista del todo.


La salida a escena de Molly y compañía fue apabullante, como de costumbre. Empezar con Limítate es como un chute de adrenalina para el público. Una patada en el culo por si estás dormido y no sabes lo que se te viene encima. Después vino lo de siempre, afortunadamente. Entrega, ganas, buen rollo, dos wall of death, sonido un poquito embarullado (al menos desde mi sitio) saltos y carreras interminables del cantante (no sé cómo aguanta ese ritmo) y Luis Tárraga, la pegada inconfundible de Paco Sánchez y la gran labor rítmica de Álvaro Tenorio y Ken H.C. Me encantan esas paradas que hacen en ciertas canciones, casi en silencio, para luego explotar con un riff demoledor o un estribillo que se te queda pegado para siempre en la memoria. Echaron mano de casi todos sus discos, hasta del Pura Vida, aunque faltó algo de La Puta y el Diablo, uno de mis favoritos. La sala, que recibió una y otra vez el agradecimiento de Molly, tembló con los botes y los gritos de los seguidores más fieles que existen. Porque con Hamlet no hay medias tintas. Esto es metal extremo de verdad, sin voces guturales ni letras satánicas, sino que escupen verdades como puños de forma directa, sin tapujos, aunque sin caer en la vulgaridad. Otras son de libre interpretación, historias personales, en fin, al gusto del consumidor. En una de ellas aseguran que "la perfección no es lo natural, lo natural es la imperfección". Pues no, en ocasiones sí que hay cosas perfectas, o casi, como suelen ser los conciertos de Hamlet. Y lo mejor es que les queda cuerda para rato. A estos no hay quién les pare pese a esos persistentes cambios de compañía discográfica que no acabo de entender. Son un valor seguro, tienen que ser un negocio rentable por narices. El que no lo sepa o no haya sabido verlo, mejor que se dedique a otra labor, porque de esto, siento decirlo, no tiene ni puta idea.

jueves, 7 de enero de 2016

Anthrax y Witchcraft estrenan 2016 con For All Kings y Nucleus (Nuclear Blast)

Pues empieza fuerte 2016. Espero que sea un año de cambios en todos los sentidos aunque, de momento, en cuanto al rock se estrena cargado de novedades. Siendo sincero, poco antes de que terminara 2015 ya pude escuchar, de forma anticipada, un par de ellas: los nuevos discos de Anthrax y Witchcraft. Dos pesos pesados del metal para distintas generaciones, unos veteranos y otros no tanto, con la suficiente trayectoria como para prestarles atención detenidamente. For All Kings es el 11º trabajo en estudio de la banda trash originaria de New York, una de las pioneras del estilo que en los últimos años ha sido más noticia por los cambios de formación que por otras causas. La actual parece ser estable, eso sí, con la continuas y misteriosas ausencias del fabuloso batería Charlie Benante en parte de las giras, lo que aumenta esa sensación de volatilidad. Hace ya tiempo que parece fijo el puesto para el repescado cantante Joey Belladonna pese a que, en mi opinión, la etapa con John Bush fue la mejor del grupo con Sound Of White Noise (1993) como obra cumbre. En medio formó parte del grupo también el vocalista Dan Nelson, con el que grabaron una versión de Worship Music (2011) que nunca vio la luz. El último en llegar ha sido el guitarrista Jonathan Donais en sustitución de un Rob Caggiano que parecía ser pieza clave en la composición. A su vez, éste había ocupado el lugar del pequeño Dan Spitz, integrante de la formación más clásica... En fin, el cuento de nunca acabar.


No hay muchas sorpresas en For All Kings. Suena a Anthrax por todas partes, de eso no existen dudas. Pasajes más rápidos, otros más lentos e incluso progresivos, algunos estribillos y coros muy conseguidos, labor instrumental más que notable, sobre todo en los solos de guitarra... Sin embargo, a mí me sigue chirriando Belladonna. Le cambió la voz con su regreso y no me gusta un pelo. Más chillón, acaba cansando ese tono tan repetitivo. Igual es que soy muy fan de Bush (imprescindible su nuevo trabajo con Armored Saint), pero no me acaba de convencer Joey. Se le permite todo tras haber  dejado discazos como Among The Living (1987) o State Of Euphoria (1988), de los que en temas como el adelanto Evil Twin hay reminiscencias en su nuevo trabajo. Las partes más trash se intercalan en medio de canciones largas como la inicial You Gotta Believe, For All Kings y This Battle Chose Us (una de mis preferidas junto a las metálicas Suzerain y Defend Avenge), mientras que otras tienen desarrollos más tranquilos, diferentes a lo habitual. Es el caso de Breathing Lightning y Blood Eagle Wings. Para el final dejan la rapidísima Zero Tolerance, al que se añaden cuatro bonus tracks en directo en la edición deluxe. Buena nota para unos Anthrax a los que conviene ver en directo, ya que casi nunca defraudan con los veteranos Scott Ian y Frank Bello haciendo headbanging de la vieja escuela a toda mecha. Les espero con ganas. 


Se la han jugado a una carta Witchcraft con Nucleus. Nunca han sido un grupo fácil de digerir, aunque todo lo anterior a su nuevo disco (el quinto) parece ligero si entramos en comparaciones. La palabra doom se queda corta para definir lo duro, granítico, áspero, oscuro y complicado de entender que son estos diez temas. Despista mucho el single The Outcast, el adelanto que ofrecieron hace meses, una pequeña maravilla que poco tiene que ver con el resto. Es la cara alegre del monstruo. El cantante Magnus Pelander, ideólogo y líder indiscutible de los suecos (otra vez), presenta una formación renovada con la que desgrana un viaje al fondo de la mente con efectos secundarios. Ya con el inicio de Malstroem queda claro que hay mucha tela que cortar. Intro acústica, flautas, riffs monolíticos que se repiten hasta la saciedad y coros insistentes, siempre con la sombra de Pentagram, Bathory, el folk escandinavo y Black Sabbath bien presentes. Esta última influencia es aún más clara en Theory Of Consequence. Sin embargo, lo más enrevesado, el mundo aparte, la marcianada por excelencia, decadente y hasta melancólico, es el tema título: Nucleus. Catorce minutos de los que cada uno puede sacar su propia conclusión. En una primera escucha puede parecer un petardo infumable, aunque con la segunda y la tercera al final te acaba atrapando sin remedio. Te obsesiona. Resulta inexplicable después de haber aguantado casi la mitad de la canción con un mismo tono que empieza suave y al que se le van sumando instrumentos, voces de ultratumba, coros femeninos... Un in crescendo interminable que acaba con un acordeón. Lo dicho, una farsa o una genialidad.  Más llevaderas, dentro de lo que cabe, son An Exorcism Of Doubts y To Trascend Bitterness, dos vigas de auténtico metal armado. La cosa no podía acabar tan bien y por eso cierran con Helpless y Breakdown, otra pesadilla (los susurros del principio dan miedo) de casi 16 minutos que exige una atención meticulosa para no perderse nada. En la segunda parte, y acompañado de un muro atómico de guitarras, Pelander tortura su voz hasta el extremo de acabar casi llorando. Épico, irrepetible, no sé cómo han podido grabar algo tan colosal y salir indemnes. El bonus track de Chasing Rainbows supone un respiro, un oasis dentro de una aridez casi insoportable. Por eso insisto en que para que Nucleus no se indigeste hay que degustarlo despacio, muy despacio, con un almax al lado casi mejor. Después de los excesos navideños no es lo mejor, pero a veces hay que arriesgarse. Al fin y al cabo, queda mucho año para desengrasar.

martes, 15 de diciembre de 2015

Dos supergrupos más para acabar el año como es debido: Ten Commandos y Kind

La lista de los 10 mejores discos de 2015 ya está cerrada, aunque no me hubiera importado hacer algún anexo. Sobre todo porque, como me temía, alguna sorpresa de fin de año tenía que surgir. Y por partida doble, con la moda de los supergrupos, que ha supuesto la creación de Ten Commandos y Kind. Son dos propuestas radicalmente diferentes (grunge y stoner-doom) pero con una calidad fuera de toda duda, dos trabajos altamente disfrutables para unas fechas en las que nos invadirán con moñadas variadas, recopilaciones insípidas y otras gaitas de peor gusto. Nada menos que Matt Cameron y Ben Shepherd, batería y bajista de Soundgarden, están involucrados en Ten Commandos junto al desértico Alain Johannes (QOTSA) y el más desconocido Dimitri Coats (Off!). El experimento suena justo a lo que se podía esperar, además de contar con colaboraciones de lujo como la de Mark Lanegan en la inicial Staring Down The Dust. Desconozco la forma en la que se reparten después las tareas vocales, aunque creo que entre Coats, Johannes e incluso Cameron anda la cosa. Otro invitado, en este caso invitada, Nikka Costa, pone su voz en Come y uno de los momentos más destacados es la instrumental Sketch 9. Inconfundibles los punteos de Peter Frampton, un veterano guitar hero al que nunca he seguido mucho la pista salvo con Humble Pie. Casi todos los temas siguen un esquema parecido, más o menos lisérgicos (Outermost Sky) y algunos estribillos efectivos. El legado noventero de Seattle sigue intacto (Soundgarden, Alice In Chains, Mad Season, Pearl Jam, Nirvana...) y en algunos momentos me recuerdan a Them Crooked Vultures. Punto y aparte merece la penúltima Aware, con un desarrollo bastante largo, cambios de ritmo y un final apabullante. En general, el disco es bastante ameno, agradable de escuchar pese a que el grunge no es, ni de lejos, mi estilo preferido. Ya veremos si el proyecto tiene continuidad.


El caso de Kind es diferente, puesto que no conozco a ninguno de sus miembros pese a que algunos grupos implicados sí me suenan. Al parecer, todo surgió de una jam entre componentes de Black Pyramid, Elder, Rozamov y Roadsaw, que dio lugar al adelanto German For Lucy el verano pasado. Escuchándolo se ve rápidamente por dónde van los tiros. La semejanza con la densidad de los riffs que patentaron los maestros Kyuss es evidente, aunque también parece una variación extraña del Paranoid de Sabbath. En Rocket Science, su disco de debut, sólo hay ocho temas y cuatro de ellos sobrepasan los seis minutos. Es ahí donde se explayan a gusto con todo tipo de solos, voces graves, otras más suaves, sobre todo en la mastodóntica Hordeolum, que posee un ritmo pesado a más no poder. Mi favorita es Rabbit Astronaut, sobre todo por la intro de batería y el giro más stoner, aunque la anterior, Fast Number One, tampoco está nada mal precisamente por ganar algo de velocidad. El dúo que forman Pastrami Blaster y Siberia es curioso, van por otro camino debido al regusto blues que deja la primera, mientras que la otra es casi funky. El cierre de Ungry Undertaker resume perfectamente lo que buscan Kind: lenta, oscura, la canción va avanzando hasta un riff machacón, arrastrado, al que sigue un solo distorsionado de varios minutos. Queda claro que se trata de un experimento en estudio con varias influencias al que vale la pena hincarle el diente, eso sí, teniendo en cuenta lo que ofrece el menú. No es un plato ligero, sino de una digestión larga y paulatina. Igual que ocurre con Ten Commandos, les seguiremos por si se quedan en una anécdota o tiran hacia adelante. Tiempo al tiempo.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Concierto de Zodiac (La Boite, 10-12-2015): regreso al rock químicamente puro

Si hubiera una fórmula química para definir el rock, sin duda es la que utilizaron Zodiac el pasado jueves en la parada madrileña dentro de su gira española. Lo que muy pocos afortunados vivimos en la Sala Boite fue un regreso en toda regla al verdadero significado no sólo de un estilo musical, sino de una forma de vivir, de sentir, de disfrutar con lo que se hace hasta las últimas consecuencias. Lejos del lujo y oropel de los grandes estadios, los alemanes están recorriendo la Península con una furgoneta alquilada (la suya se averió), ellos mismos cargan con los bártulos para meterlos en la sala, se encargan de probar el sonido sin apenas tiempo y, por si fuera poco, nos deleitaron con un concierto memorable. Con visibles y lógicas muestras de cansancio, fueron de menos a más hasta poner patas arriba el diminuto recinto de la capital. El sonido también fue mejorando tras un inicio confuso, en plan bola casi inaudible, con los protagonistas algo fríos antes de entrar en calor a base de echarle ganas. Zodiac suenan mucho más contundentes en directo que en sus tres discos publicados hasta la fecha. Es extraño que no dieran más cancha a Sonic Child, su último trabajo, sobre todo teniendo en cuenta cómo subieron las revoluciones al tocar Swinging On The Run, Holding On o el blues con el que cerraron su actuación, A Penny And A Dead Horse. El cantante y guitarrista Nick Van Delft ejerce de líder absoluto, sobre todo con esos punteos al final de las canciones que tanto le gustan, o doblando los solos con Stephan Gall. Algunos temas alcanzan momentos épicos con esos duelos de guitarra que ya no se ven mucho. Ruben Claro, el bajista, también se hace cargo de los teclados y los coros, mientras que el batería Janosch Rathmer cumple su cometido con precisión.


Las influencias de la banda germana están muy claras, por lo que tienen inconveniente en tirar de versiones. En su repertorio ya es indispensable Cortez The Killer, de Neil Young, terreno abonado para que la guitarra asuma el control durante un rato bien largo. La otra fue Blue Jean Blues, su propia visión de ZZ Top que incluyeron en su brillante debut discográfico, A Bit Of Devil, del que cayeron una emocionante Coming Home (Van Delft y Claro bajaron a tocar entre el público), Diamond Shoes y el tema título. Completaron el set list con Free (otro momento destacado), Moonshine y Believer, pertenecientes al disco Hiding Place. A estas alturas se les veía muy cómodos en el escenario, sin importarles la paliza que llevaban encima. Tenía mérito lo que estaban haciendo, ya que otros grupos quizás hubieran optado por volver a casa al tener todos los elementos en contra. Sin embargo, pese a que Zodiac no ha ganado ningún concurso, no tienen apellidos ilustres y nadie les ha regalado nada, dieron una lección de profesionalidad difícil de olvidar. Sólo había que observar  la cara de satisfacción de la gente al final para darse cuenta de que grupos así son fundamentales para la supervivencia del rock. Sin poco que ganar y más cosas que perder, se presentan ante poco más de 200 personas dando todo lo que llevan dentro, con buenas caras, sin complejos, con un par de pelotas.  Esto se tiene o no se tiene, no se consigue en un laboratorio televisivo, aunque la gran mayoría (no saben lo que están dejando escapar) no sepa ni sabrá nunca quiénes son Zodiac.

martes, 8 de diciembre de 2015

Top Ten de 2015: los diez mejores discos de rock del año que está a punto de acabar

Se acerca el final de 2015 y toca elegir los mejores discos de rock del año. Hay mucho y muy bueno para construir un top ten que, por supuesto, nunca es definitivo. En la música, como en el cine y otras variantes culturales, sobre gustos no hay nada escrito. A alguien le puede parecer que el Book Of Souls de Iron Maiden es lo mismo de siempre, que no aporta nada, mientras que otros (entre los que me incluyo) puede pensar que han sabido reinventarse con un gran trabajo. Me ha costado un trabajo enorme reducir una larguísima nómina de candidatos que sobrepasaba las 20 novedades de un año que, en mi opinión, ha sido de los mejores y más prolíficos que recuerdo. Por eso me voy a dejar fuera, aunque por derecho deberían haber estado ahí, a Hamlet, Clutch, Blackberry Smoke, Black Star Riders, Europe, The Sword, Kadavar, Blues Pills, Black Stone Cherry, Stryper, Honeymoon Disease, Def Leppard, Ugly Kid Joe, Armored Saint y tantos otros. En fin, menos palabrería y vamos con ello en orden descendente para mantener la emoción hasta el final.

10. Biters: Electric Blood
La gran promesa desde Atlanta para los que disfruten del rock más gamberro, sencillo y sin más pretensiones que pasar un buen rato. Se les puede acusar de comerciales, de flirtear demasiado con el pop, pero lo cierto es que su primer disco es una joya en bruto. Himnos juveniles con el espíritu de Kiss, Thin Lizzy, Ramones, New York Dolls, Motley Crue... Habrá que seguirlos de cerca.

9. Iron Maiden: The Book Of Souls
Cada disco en estudio de esta institución del heavy metal británico más tradicional es un acontecimiento. Nunca se sabe cuándo dirán basta y conviene disfrutar de sus lanzamientos como si fuera a ser el último. En formato doble, recuperando el espíritu de Powerslave, demuestran estar en plena forma. Bruce Dickinson, ya recuperado de su enfermedad, se atreve hasta con el piano. Fundamental.

8. The Darkness: Last Of Our Kind
Los que para mí son herederos de Queen (hasta han fichado al hijo de Roger Taylor para la batería) nos han dejado su mejor obra desde Permission To Land. Mucho hard rock, coros grandilocuentes, los falsetes más controlados, vestimentas inverosímiles, ambigüedad, toda una coctelera de sabores con la guinda del buen gusto inglés. Amor u odio. Es imposible que este grupo te deje impasible.

7. Faith No More: Sol Invictus
Uno de los regresos más sonados y esperados de la década. Tras varias giras de reunión, decidieron meterse en el estudio y el resultado es inmejorable. Parece que no ha pasado el tiempo desde la separación. Sol Invictus es tan, tan Faith No More que hasta da miedo que entre a la primera siendo quiénes son. Geniales, inclasificables, la veteranía es un grado y ahora juega mucho a su favor.

6. Motor Sister: Ride
Concebido como un pasatiempo para el cumpleaños de Scott Ian, ha acabado convirtiéndose en una banda matadora. La base son los temas de Mother Superior cantados por el propio Jim Wilson, acompañado del guitarrista de Anthrax, Joey Vera y John Tempesta. Menuda caña de disco este Ride, no tiene desperdicio con toques punk, metal moderno y mucho guitarreo del bueno. Tremendo.

5. Ghost: Meliora
Ya son casi un fenómeno de masas. Muchos se los tomaban a broma por las máscaras, los disfraces y el numerito de Papa Emeritus, pero la fórmula funciona. Y más con discazos como Meliora. Una especie de AOR doom satánico capaz de mezclar las melodías más dulces con riffs metaleros. Cuentan con la ventaja de ser suecos, lo que garantiza la calidad. Ah, y en directo se salen.

4. Thunder: Wonder Days
Otro regreso que estaba cantado. Son tan buenos que era un desperdicio tenerlos separados con tanto buen rock británico por ofrecer. No tienen un disco malo, así de simple, y Wonder Days no podía ser una excepción. A lo Free o Bad Company, con mucha clase, superando también la enfermedad de alguno de sus miembros, creo que tenemos truenos para rato. Que no escampe nunca, por dios. 

3. Teenage Time Killers: Greatest Hits Vol. 1
Increíble que un proyecto de esta magnitud haya pasado tan inadvertido. Hay gente que odia a los supergrupos, pero esto es algo más, es el paraíso del punk y el hardcore. Resultaría imposible enumerar a todos los invitados de esta orgía liderada por Reed Mullin, de COC, que disparan un temazo tras otro hasta dejarnos exhaustos. En plan Ramones, a toda leche, 20 trallazos.

2. Graveyard: Innocence & Decadence
Suecia es la nueva cuna del rock sin inventar nada diferente, lo que tiene su mérito. Cada día surge de allí una banda que vale la pena y Graveyard son los abanderados del estilo más retro, blues, psicodélico, clásico... Les tenía un poco atravesados por la insistencia del cantante en acaparar protagonismo, pero con su nuevo disco me han ganado para la causa. Obra maestra sin discusión. 

1. The Dead Daisies: Revolución
Otro supergrupo ha publicado, en mi opinión, el mejor disco de 2015. Ya era hora de que se hiciera justicia con John Corabi, un pedazo de cantante y de músico, que aporta la brillantez que le faltaba a esta banda de viejos zorros. Hard rock de toda la vida, de muchos quilates, hecho con clase, disfrutando de cada segundo. Ojalá sigan adelante y no que quede en una anécdota. Medalla de oro. Una maravilla desde Mexico hasta Critical.

lunes, 30 de noviembre de 2015

Crítica de Honeymoon Disease: The Transcendence (Napalm Records, 2015)

¡A por las suecas!, se supone que gritaba el desaparecido y genial José Luis López Vázquez en alguna de esas películas impagables del viejo cine español. La frase viene al pelo para meterle mano al análisis del enésimo grupo sueco que debuta con un disco brillante tomando como referencia las raíces del rock and roll. Honeymoon Disease se presentan con la particularidad de contar con dos féminas en su formación: la cantante/guitarrista rítmica Jenna y Acid como la guitarrista principal. Les acompañan el bajista Admiral y el batería Jimi, dos personajes melenudos con bigote sacados de cualquier telefilme ochentero de moteros cutres. De hecho, la imagen del grupo está muy asociada a los ruidosos vehículos de dos ruedas, cuyas fotos, junto a unas calaveras, ilustran el interior y la contraportada de The Transcendence. Con estas premisas, la propuesta musical parecía ser inmejorable y, efectivamente, mis sospechas han dado en el clavo. No sé qué demonios comen allí arriba para que salgan bandas de tanta calidad cada dos por tres. Será que hay pocas horas de sol, que se aburren y se ponen a hacer música, en fin, que yo cuando veo que son de procedencia escandinava, directamente me froto las manos. El filón descubierto por Hellacopters tras sus inicios más punkeros sigue dando resultado y, de hecho, pese a que en la pegatina de la portada dice que HD es para fans de Deep Purple, Thin Lizzy y Rainbow (que también), yo les veo más cerca del estilo retro con el que Nick Royale y sus huestes nos dejaron una joya tras otra antes de separarse. Llegaron a ser tan grandes, sobre todo en su país, que se han convertido en una referencia directa para las nuevas generaciones aspirantes a ocupar su trono. Imperial State Electric, los herederos directos capitaneados por el propio Nick, están en ello, aunque todavía les falta camino por recorrer.


Los once temas del primer disco de Honeymoon Disease van por estos derroteros. Es verdad que tienen más influencias, como los toques a lo Runaways, Jefferson Starship, ZZ Top o Status Quo, lo que completan una obra perfecta para disfrutar del rock clásico con el inconfundible sello de calidad y buen gusto suecos. Yo tengo debilidad por esta gente, lo siento, igual es un problema, pero es que todos me parecen buenísimos. Me resulta imposible resistirme a un inicio de cinco canciones tan atractivas como son Higher, Stargazer, Imperial Mind, Gotta Move y You're Too Late. La primera es un viaje en el tiempo psicodélico a los 70 con unos juegos de voces y un punteo final impensables para unos novatos. Las otras, más sencillas, son precisamente eso, cuatro disparos rockeros que dan en el blanco. Bajan un poco el pie del acelerador en Break Up, que junto a Brand New Ending, son los momentos más tranquilos (sin ser baladas) de este trabajo tan prometedor. No me atrevería a decir de Jenna es la nueva Janis Joplin, porque eso son palabras mayores y tiene muchos rivales femeninos en la actualidad (Blues Pills sería el principal), aunque dota al conjunto de un espíritu hippie, un aire de aquellos festivales míticos tipo Woodstock. En cuanto a los solos de guitarra, innumerables y bien ejecutados, dejan en segundo plano a la base rítmica. Fast Love fue su carta de presentación, un single efectivo, rápido, que te pone las pilas de forma inmediata. El final in crescendo de Keep Me Spinning es el más adecuado para una segunda parte de The Transcendence más pausada, que esconde una pequeña pieza instrumental con piano en los últimos segundos. A ver si hay suerte y algún promotor los trae por aquí para comprobar cómo se las gastan en directo. La fiabilidad nórdica ya está superando a la alemana y, además, sin trucos contaminantes en el motor. El de Honeymoon Disease ruge como una fiera, una Harley desbocada por las carreteras polvorientas de una película de serie B. Y eso que eran mejores las de Mariano Ozores, sobre todo por las suecas...      

sábado, 28 de noviembre de 2015

Concierto de Ghost (La Riviera, 25-11-2015): sigue la escalada hacia el infierno

Siempre pasa lo mismo. Te tiras varios meses sin llevarte ningún concierto a la boca y luego se agolpan varios consecutivos. No me quejo, porque el otoño ha venido bien cargado en Madrid, pero podrían repartirlos mejor en el tiempo. La semana pasada le tocó el turno a un triplete bastante atractivo de grupos nuevos, uno con más trayectoria que lleva camino (sino lo ha hecho ya) de acabar entre los grandes, y otros dos (Scorpion Child y Crobot) que luchan por abrirse paso echándole un par de pelotas. Igual no es exacto catalogar a Ghost de banda novel, ya que en verano publicaron su tercer disco, pero es sólo han pasado cinco años desde que salió Opus Eponymus, un debut que confirmaba todo lo bueno que de los suecos (cómo no) contaban muchos músicos relevantes. La vida les ha ido de maravilla desde entonces ayudados por ese halo de misterio que les rodea, las máscaras que ocultan su cara, los rumores sobre su verdadera identidad y, sobre todo, por la calidad de sus canciones. Papa Emeritus III (sigo alucinando con esa voz aterciopelada) y los nameless ghouls (cada vez tocan mejor) se han colocado ya en la primera fila del rock agotando entradas mientras su popularidad y las ventas se disparan. Las críticas elogiando Meliora, su último disco, han sido unánimes, y el pasado miércoles lo presentaron en una Riviera casi llena.


Fue allí donde volví a confirmar que, en directo, su estilo tan inclasificable gana muchos enteros. Suenan mucho más compactos, duros y rotundos que en las producciones, para mi gusto, un poco dulcificadas del estudio. Eso sí, que nadie busque voces guturales, gritos y gruñidos, todo lo contrario. Resulta muy complicado hacer funcionar una extraña mezcla de doom oculista, aor, metal y pop, pero encima de un escenario se superan. Liberados del excesivo inmovilismo de sus inicios, se han convertido en una banda hasta simpática, que conecta con la gente pese a la temática oscura y satánica. Ni en sus mejores sueños habrían imaginado al público cantando de memoria himnos como Ritual, Per Aspera Et Inferi, Year Zero, Zombie Queen o los nuevos Spirit, Cirice, Body And Blood, Mummy Dust y tantas otras. No faltó la versión de If You Have Ghosts y los momentos más especiales se vivieron con He Is (melodía increíble) y el bis de Monstrance Clock con toda la sala coreando sin música el estribillo mientras el grupo se despedía. Me gustó mucho la disposición de la batería y los teclados a ambos lados de la tarima, las luces muy acordes con el ambiente siniestro, lo que contrastó con los comentarios cachondos de Emeritus o la broma de las fans disfrazadas de monjas. Muy buena nota, sobresaliente, para Ghost, cuya escalada hacia del cielo rockero (a ellos les gustaría más hacia el infierno) no puede hacer más que allanarse.

  

jueves, 26 de noviembre de 2015

El EP gratuito de Foo Fighters: ¿es Grohl un oportunista o un genio agradecido?

Múltiples y muy variopintas han sido las reacciones del mundo de la música tras los brutales atentados de París. He leído y escuchado todo tipo de dedicatorias justificadas ante algo que espero no se vuelva a producir. En este sentido, el pasado lunes vio la luz un nuevo EP de Foo Fighters, que ya se venía anunciando desde hace tiempo con una cuenta atrás en la web del grupo. Sin embargo, inmediatamente fue asociado a lo sucedido en Bataclan y otros lugares de la capital francesa el 13 de noviembre. El hecho de que las cinco canciones se puedan descargar de forma gratuita dio lugar a titulares del estilo "Foo Fighters sacan un disco gratis como homenaje a las víctimas" o frases muy parecidas. No tardaron en aparecer también las voces acusando a Dave Grohl de oportunista, sobre todo porque parece algo evidente y, para qué vamos a engañarnos, porque el líder de la banda norteamericana tiene muchos detractores. Pues bien, no entiendo ni una cosa ni la otra partiendo de que no soy nada objetivo al hablar del que fuera batería de Nirvana. Me parece un genio, un tipo siempre metido en multitud de proyectos (cada uno mejor que el anterior) al que sólo le perjudica, en mi opinión, haber tenido éxito. No le conozco personalmente, pero es evidente que disfruta cada segundo de lo que hace, talento le sobra, y encima parece ser un buen tío. Detalles como las tres horas de concierto que nos regaló hace cuatro años en Madrid con todos los elementos en contra no se olvidan. Aquel día se convirtió en uno de mis ídolos y por eso creo que muchos se equivocan al ponerle a parir. Además, sólo hay que detenerse a leer las cosas con atención para no meter la pata. En la carta que acompaña el mencionado EP, el propio Grohl deja muy claro que las canciones estaban hechas antes de la tragedia. Simplemente, aprovecha el mensaje para lamentar lo que ocurrió, mostrar sus condolencias y luego explica con detalle el proceso de grabación. Nada más. El que quiera ver algo más tiene un problema. Y si el lanzamiento es gratuito es porque le da la gana, porque quiere y puede hacerlo. Seguro que lo tenía previsto antes de tan tristes acontecimientos.


Musicalmente hablando, los cinco temas de este Saint Cecilia me han convencido plenamente. Nos los veo como las típicas caras B desechadas pese a haber sido compuestas en los ratos libres de la última gira. Lo mejor es que suenan a los Foo Fighters clásicos, algo que se había perdido en el conceptual Sonic Highways. La canción que da título a la obra y Sean podrían estar perfectamente en cualquiera de los trabajos anteriores de la banda, mientras que Savior Breath es un trallazo a lo Motorhead en toda regla. Se echaba en falta más adrenalina tipo White Limo, del fantástico Wasting Light en cuyo vídeo sale precisamente Lemmy, y aquí la liberan a raudales. En el plano opuesto está la acústica Iron Rooster, con un estribillo marca de la casa, de esos que Dave de la manga casi sin querer. Para el final dejan The Neverending Sigh, muy completa, enérgica, con un postrero solo de guitarra que se corta mientras va bajando el volumen. Es una pena, porque suena de muerte. En principio, el EP sólo está a la venta en formato físico como vinilo, supongo que con motivo del Black Friday, y desconozco si saldrá en cd. Las descargas digitales gratuitas están disponibles desde el pasado lunes en la web del grupo. La gira europea (con fecha en Barcelona incluida) que ha sido cancelada hace poco por culpa de los atentados habría sido una buena oportunidad de presentarlo. Ahora tendremos que esperar, porque tampoco les he visto anunciados en los carteles de los festivales veraniegos de 2016. No me extrañaría que al final se apuntaran o que nos sorprendan con alguna otra novedad. Grohl lleva muy mal lo de estar parado (ni con una pierna escayolada lo hizo) para desesperación de los más críticos. Mal que les pese, es una de las pocas estrellas del rock actual capaz de coger el relevo a los más grandes. Un tipo que grabó él solo el disco debut de Foo Fighters o que se rumorea está detrás de la batería de los aor-satánicos Ghost, que tiene otro grupo con John Paul Jones, entre otras muchas actividades, no tiene que demostrar nada a nadie. Sólo seguir igual hasta que su cuerpo, y el nuestro, aguanten.    

lunes, 23 de noviembre de 2015

Concierto de The Sheepdogs (Caracol, 20-11-2015): la elección de una noche perfecta

Al final acerté escogiendo el concierto de The Sheepdogs. Tenía dudas por la coincidencia de la visita a Madrid de los canadienses y la de Kadavar, aunque, tras lo que vi el pasado viernes en la sala Caracol, menos mal que me decidí por los primeros. Jamás me habría perdonado perderme una actuación que fue, sencillamente, perfecta. Lo primero que quiero destacar es la altísima calidad del sonido. Ya sea por méritos del recinto, el técnico o el propio grupo, hacía mucho tiempo (quizás nunca) que no escuchaba algo de forma tan nítida en directo. Ni muy alto, ni bajo, sin acoples, fallos ni nada que se le parezca. Se podían distinguir todos los instrumentos sin apenas esfuerzo, las canciones sonaron a gloria para completar una noche de rock and roll clásico difícil de superar. En medio de un aforo poco agobiante se estaba muy a gusto, casi como en casa, lo que también ayudó bastante al éxito total. No hubo intro rimbombante ni sintonías pregrabadas. Simplemente, se abrió el doble telón y detrás aparecieron los perros ovejeros, que presentaban el genial Future Nostalgia, su quinto trabajo hasta la fecha. Ya en ese momento, los acordes de Gonna Be Myself se deslizaron por los altavoces de forma sublime, cristalina. Lo que vino a continuación me dejó sin palabras. El cantante y guitarrista Ewan Currie, su hermano Shamus en los teclados y el trombón (pieza vital de la banda situado en primera línea), el bajista Ryan Gullen, el guitarrista Jimmy Bowskill y el batería Sam Corbett dieron una lección, casi sin despeinarse, de cómo homenajear a las raíces del rock dándole su propio toque personal e intransferible. Una mezcla de pasado (Stones, Beatles) y presente (ecos de Black Keys, Black Crowes) ejecutada con una aparente normalidad que, precisamente, creo que es el secreto de una fórmula muchas veces repetida, aunque no con tanta clase.


No pudieron escoger mejor los temas nuevos. Los más movidos como Bad Lieutenant, Same Old Feeling, Downtown, Back Down, Take A Trip resultaron hasta más convincentes que en estudio, y ya es complicado, mientras que Jim Gordon fue uno de los grandes momentos de la velada. Creo que fue ahí cuando se cambiaron de puesto e instrumento los hermanos demostrando su enorme valía como músicos. El resto de un set list que nunca decayó estuvo compuesto por canciones de su anterior disco de título homónimo (Feeling Good, The way It Is o Ewan's Blues) y de los igualmente atractivos Learn&Burn, Trying To Grow y Big Stand. Había leído que son muy sosos en el escenario, pero se fueron animando poco a poco, sobre todo en los punteos de guitarra, y dirigiéndose al público pese a no saber ni una palabra de español. Para los bises nos esperaba lo mejor, si es que podían ofrecer algo superior a lo que habían hecho antes. Dos versiones rindiendo un merecido tributo a artistas inmortales como Crosby, Stills, Nash & Young (Almost Cut My Hair) y el propio Neil con un Down By The River soberbio. No las clavaron sin más, sino que las aderezaron con su propia salsa dejando muy claro quiénes son, de dónde vienen y a dónde van. Lo digo porque no creo que tengan intención de 'evolucionar' para buscar convertirse en unos superventas. Es más, sospecho que incluso indagarán un poco más en esa nostalgia futura que tan bien saben conjuntar. Igual me equivoco y pegan el pelotazo (más que merecido lo tienen), aunque es un lujazo asistir a este tipo de conciertos en salas reducidas. Somos pocos en lugares que poca gente conoce... Pues no saben lo que se pierden.

martes, 17 de noviembre de 2015

Concierto de Backyard Babies (Joy Eslava, 15-11-2015): regreso con el freno echado

Creo que ya es la quinta o sexta vez que veo a Backyard Babies en directo. Nunca me han decepcionado y el concierto del pasado domingo en la Joy Eslava no fue una excepción, aunque con pequeños matices. Tras un parón de seis años, los que para mí fueron precursores de la movida macarra sueca surgida a finales de los 90, han retomado la actividad en 2015 con el irregular Four By Four en estudio y la consiguiente gira. Llevan ya muchos años en esto, la experiencia es un grado, su profesionalidad es indiscutible... Sin embargo, muy poco, o nada, queda ya de aquel torbellino de punk y sleazy con el que irrumpieron en un mercado adormecido. Jamás olvidaré cómo barrieron del escenario a Velvet Revolver saliendo antes que ellos en La Riviera en 2004. O aquellas dos veces que me dejaron exhausto después de liarla parda en la Sala Arena, Heineken o vaya usted a saber cómo se llamaba entonces. Tampoco es que tocaran mucho tiempo, apenas una hora, ya que era imposible aguantar esa intensidad brutal sudando como animales (aún me pregunto por qué Dregen sigue vivo) mientras nos bombardeaban con un arsenal basado en el memorable Total 13. No sé si por comodidad o porque fueron ganando seguidores sin parar con trabajos más orientados al rock más comercial, su propuesta escénica actual es radicalmente distinta. Ojo, que no digo yo que no me guste, de hecho me encanta pese a no tener nada que ver con la anterior. No hay festival que se precie que no cuente con ellos.


Antes de las estrellas de la noche, las chicas de Heavy Tiger calentaron el ambiente a lo Runaways. Perfectamente uniformadas, las suecas ofrecieron un buen rato de punk rock con todos los clichés del género incluidos. Cerca de las 21:30, Nicke Borg, Dregen, Peder Carlsson y Johan Blomqvist empezaron a demostrar que continúan en forma, eso sí, con una marcha menos. En ocasiones, sobre todo se notó en la surfera Heaven 2.9, parecía que tocaban con el freno de mano echado. Movimientos demasiado estudiados, cada uno metido en su papel, sólo en algún momento dejaron paso a la improvisación. Las escasas sorpresas corrieron a cargo del guitarrista Dregen, un tipo curioso que no abandonará nunca esa imagen cutre medio gitana, con el gesto torcido a pesar de los problemas de salud que ha sufrido. Nicke, que también ha superado varias adicciones, estuvo brillante con la rítmica y está bien de voz. Se emocionó con el minuto de silencio que pidió por las víctimas de París, los momentos acústicos (Roads, Abandon, Bloody Tears) los bordó manteniendo siempre una conexión perfecta con los fans. Lógicamente, cuando sonaron los temas de Total 13 se desató la locura. Highlights, UFO Romeo, Made Me Madman o el cierre de Look At You son ya clásicos de un estilo que ellos patentaron en su país. Del nuevo disco sólo cayeron tres canciones y el resto fueron singles escogidos como Brand New Hate, Dysfunctional Professional, Minus Celsius, Star War (muy celebrada), The Clash o A Song For The Outcast. La fórmula todavía funciona, yo jamás dejaré de escucharlos, pero creo que necesitan un soplo de aire fresco para que no se olvide la revolución nórdica que lideraron junto a Hellacopters. De lo contrario, me temo que este regreso se quedará a medio camino. 

lunes, 16 de noviembre de 2015

Concierto de Black Star Riders (Sala Arena, 14-11-2015): emoción a la irlandesa

No fue un concierto normal. Por muchas razones. La principal, que sólo 24 horas antes, la barbarie terrorista había acabado con la vida de cientos de asistentes a la frustrada actuación de Eagles Of Death Metal en París. Aún con las terribles imágenes de lo ocurrido en Bataclan en la memoria (me temo que no las olvidaremos nunca), Black Star Riders decidieron tocar en Madrid. Rabia contenida, más silencio que de costumbre, ganas de demostrar que el rock sigue vivo, la emoción se palpaba en la Sala Arena... Sobre todo porque los irlandeses son un grupo muy especial. Herederos directos de Thin Lizzy, muchas de sus canciones hablan de libertad, del amor por la patria, de paz y de guerra, de héroes y villanos, todas esas historias que engrandecen al ser humano. Precisamente por ello eran la banda perfecta para homenajear a las víctimas de unos asesinos que encarnan lo contrario: lo más bajo e infecto que puede llegar a ser el hombre cuando se lo propone. No tardó mucho el gran Ricky Warwick (pedazo de frontman) en dedicar los 19 temas que a esa gente cuyo único pecado fue intentar disfrutar de un buen rato de rock and roll. Motivados porque no era una noche cualquiera, el mencionado Ricky, Damon Johnson, Robbie Crane (último fichaje para el bajo), la leyenda Scott Gorham y Jimmy De Grasso salieron a matar. A reventarnos los tímpanos para demostrar lo que son: un grupazo cuyos miembros parece que llevan juntos 20 años. En realidad se rebautizaron como Black Star Riders en 2012 tras rendir tributo al desaparecido Phil Lynott con multitud de integrantes que iban y venían. Ya con una formación estable han publicado dos discos, All Hell Breaks Loose (2013) y The Killer Instinct (2015). El espíritu de Thin Lizzy sigue presente, lo que junto a la calidad de unos músicos curtidos en mil batallas los convierten en clásicos instantáneos. De esos que perduran en el tiempo y que, cuando uno duda sobre qué escuchar, echa mano de ellos por ser una apuesta segura.


Nos debían una por la anulación de la iba a ser su primera visita a España hace un par de años. Esta vez tenían una excusa perfecta para repetir la espantada, pero cumplieron con creces. El sonido estuvo algo embarullado, quizás demasiado alto, dos pequeños defectos comprensibles por esa garra e intensidad a la que refería un poco más arriba. Alternaron sus propios temas con los imprescindibles de Lynott como Jailbreak, Are You Ready, Waiting For An Alibi o un The Boys Are Back In Town que puso patas arriba el pequeño recinto de la capital. A nivel individual, Warwick demostró que conserva su enorme potencial intacto desde la época de The Almighty. Fue una delicia ver a un mito como Gorham disfrutando cada segundo del recital. El ex Alice Cooper Damon Johnson es un guitarrista notable que ayuda mucho en la composición, mientras que Crane tampoco tiene que demostrar mucho habiendo militado nada menos que en Ratt. Me sorprendió la facilidad de De Grasso tocando la batería sin hacer aspavientos, como si fuera muy fácil no perder el ritmo. Igual su participación en Megadeth le exigía mucho y se encuentra cómodo en un papel más relajado. Otros momentos destacados, emotivos, se vivieron al sonar Kingdom Of The Lost, Soldierstown o Bound For Glory, himnos irlandeses que invitan a pedir una pinta de cerveza para brindar. En el lado más hardrockero, Bloodshot, Charlie I Gotta Go (una de mis favoritas), Hey Judas, All Hell Breaks Loose o The Killer Instinct dejaron a sus seguidores más que satisfechos. El contraste lo puso la tranquilidad de Blindsided, interpretada con una clase enorme, y el final fiestero con Rosalie y Whisky In The Jar. Concebida en su día por Thin Lizzy como una cara B, la versión de Metallica la popularizó hasta convertirla en imprescindible. No hubo bises, el grupo se retiró entre ovaciones, saludando como mandan los cánones, y recordando que el rock fue, es, y será eterno. Su alma está herida desde el pasado viernes, pero nadie podrá acabar con él. Ni a tiros ni con bombas.

 

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Lo nunca oído: The Manic Shine mezclan a Hendrix con RATM en Trial & Triumph

Esto sí que es nuevo. Yo al menos no había escuchado nunca nada parecido. En el artículo anterior hablaba de influencias, aunque escoger dos tan opuestas sí que es de traca. Y que además la mezcla salga bien, pero que muy bien, de fuegos artificiales. Pues los ingleses The Manic Shine lo han conseguido. En Trial And Triumph, su segundo disco, hay muchos más estilos (alternativos, progresivos...) que analizar tras detenerse en lo que más me ha flipado: juntar a Rage Against The Machine con Jimi Hendrix. Como suele pasar en estas ocasiones, no los conocía de nada y Classic Rock (mi biblia particular) me abrió las orejas una vez más. Hace unos días lo colgaron en streaming y la curiosidad me picó. ¿A qué sonará esto? Y me lo metí en vena del tirón. Menudo viaje musical sin precedentes a través de nueve canciones (se ha puesto de moda) como nueve soles. Van de cuarteto por la vida con los singulares nombres de Oz, Orren, Hutch y Tamir y, sin temor a equivocarme, mucho me extrañaría que no siguieran los pasos del éxito de Royal Blood. Vaya riffs, estribillos machacones y melódicos a la vez, solos de guitarra elaboradísimos, baterías de órdago, cambios de ritmo, un sonido que tira de espaldas... Tengo pendiente analizar su debut, Let Go Or Be Dragged, para comprobar si ya prometían lo que ha venido después. Hay un tema que quiero destacar por encima del resto: Haze (Singing My Name). Reto al más aguerrido fan, pongamos del impresentable de Enrique Iglesias, a que, por lo menos, se le escapa un pequeño movimiento de algún miembro al escucharla. Es literalmente imposible no reaccionar ante tamaño bombazo. Me imagino lo que puede desencadenar en directo y decir que se me cae la baba como Homer es poco. La explosiva mezcla de la que hablaba es aquí evidente, igual que en la apertura de Ball And Chain, Brakes u Orbit (la parte central es una pasada), otros tres pelotazos de dimensiones considerables consiguiendo un equilibrio admirable entre ecos clásicos y sonidos más modernos. 


Blind Love y Hold On (Together We'll Keep Dreaming) son los ejemplos más claros de que, entre sus gustos, también están Incubus. La primera flirtea un poco con el pop y el funk, pero casi al final sueltan un riff marca de la casa que deshace cualquier duda. Hold On es más progresiva, comercial, tranquila, preciosa, te acabas rindiendo ante su pretenciosidad. No sé cómo lo han hecho para sonar de esa forma, tan contundente y dulce a la vez. Las tres últimas canciones son canela fina. El inicio de I Don't Wanna Hear It recuerda a Wasted Years de Iron Maiden para dar luego paso de nuevo a esos acordes tan reconocibles de Tom Morello (el solo podría ser suyo) y compañía. El estribillo te vuela la cabeza con unos tambores taladrantes. La intensidad no decae con Reset, una especie de oda futurista con distintos efectos de guitarra muy logrados, originales, que nunca caen en la normalidad. Y es que esta banda, insisto, es de todo menos normal, y por eso cierran a toda mecha, sin piedad, con Binary, el enésimo trallazo de esta obra casi sobrenatural. Igual exagero, lo sé y me da igual. Pienso aprovechar al máximo este momento de que nadie los conoce para machacar Trial And Triumph hasta la saciedad. Luego se pondrán de moda y nada será lo mismo. O a lo mejor pasan inadvertidos, se separan y adiós muy buenas. Espero haberlo visto antes en directo, en sala o festival, para dedicarles una ovación más que merecida. ¿Juicio y triunfo? Triunfo y por goleada, señores.


jueves, 5 de noviembre de 2015

Jetbone o cómo pasar de Kiss a Rolling Stones y Black Crowes sin salir de Suecia

Influencias. Palabra básica para que uno sepa por dónde van los tiros de lo que va a escuchar. Sobre todo con grupos nuevos, resulta importante conocer de qué fuentes beben, el origen de lo que nos ofrecen. El caso de Jetbone resulta curioso en este sentido. Con sólo dos discos publicados hasta la fecha, esta joven banda sueca ha experimentado una metamorfosis tan lógica como inesperada. Había perdido su pista desde aquel debut de título homónimo (como manda la tradición) que salió en 2012. Un amigo me aconsejó que no los dejara escapar, lo que fue suficiente para mí junto a su procedencia escandinava. Los primeros acordes de Dancin' On Your Grave me bastaron para darle el visto bueno, porque intuía lo que tenía entre orejas. Siguiendo la estela de Hellacopters, o más bien de sus herederos Imperial State Electric, estos chavales de Sundsvall se sacaron de la manga un debut poco original, para qué lo vamos a negar, aunque fresco, muy dinámico, y con ese sello de buen gusto típico de su país. Era imposible escapar de los coros de Baby It's Your Time o Dead City Fire, mientras que en Ride The Riot apretaban el acelerador para coquetear con el punk. Temas cortos, el disco apenas dura una media hora que se para volando mientras les imaginas imitando a Kiss y Thin Lizzy en el local de ensayo. Porque ahí estaba el meollo de la cuestión. Dos bandas míticas que adoran en Suecia y a las no tienen el menor reparo en coger como referencia, a veces de forma descarada. No es una crítica, porque si haces hard rock, lo más normal es empezar haciendo versiones de los más grandes. Luego ya componen sus canciones, pero la semilla sigue ahí, bien plantada.


Por sorpresa, sin previo aviso, me topé hace pocos días con Magical Ride, su segundo trabajo. La foto de la portada y un rápido vistazo a su Facebook me hizo sospechar que algo había cambiado. Y vaya que sí, menudo viaje en el tiempo. No sé si por seguir la moda revival o porque realmente se lo pedía el cuerpo, han echado la mirada hacia atrás. La influencia es ahora aún más clásica, incorporando muchos teclados e instrumentos de viento, con los Stones y Black Crowes como punto de partida. Nada queda de aquellos riffs cortantes, las canciones sencillas y ritmos alocados. Ahora todo es rock and roll de la vieja escuela, retro, tranquilidad, desarrollos largos, blues, soul... Parece que hubieran pasado muchos más años de los reales desde que debutaron. Lo mejor es que la cosa funciona, lo que demuestra de nuevo que estos suecos son el futuro (y presente) de la música. Han incorporado algún miembro más a la banda con los que despachan once pistas a cada cual más interesante. Sólo se les puede acusar del parecido entre algunas, pero hay tanta chicha dentro que se olvida rápidamente. Títulos como C' mon, Mixed Emotions, Working Hard For Your Money, Woman, Everybody Needs Somebody To Love y Rosalie se asocian inmediatamente a viejos hits de los 60 y 70 famosos en el mundo entero. Personalmente, los prefiero cuando se ponen más rockeros, aunque los temas más lentos siempre contienen algún solo, algún detalle o cambio de tercio aprovechable. Fifth Time Loser se asemeja a los Primal Scream de Jailbird o Rocks, lejos de las maquinitas que tanto les perjudican, eso sí, con el inconveniente de que al cantante todavía le falta modular un poco la voz para un estilo tan exigente. Esta pequeña pega no empaña el esfuerzo de Jetbone en buscar un nuevo camino. Estoy deseando verles en directo para ver si pasan una prueba que, como la del algodón, nunca engaña. Con las influencias que tienen, antiguas y nuevas, no creo que me vayan a decepcionar.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Crítica de Black Stone Cherry: Thank You Live In Birmingham (Eagle Rock, 2015)

Pocos, muy pocos grupos hay ahora mismo tan honestos como Black Stone Cherry. Cristalinos, sinceros, sin trampas, no tienen nada que esconder, exprimen todo lo que tienen hasta la última gota y su nuevo dvd/cd en directo es la prueba inequívoca de ello. La receta es bien sencilla, incluso básica diría yo. Cuatro chavales (ya no tanto) de Kentucky tocando hard rock puro, sin aditivos, con toques southern, country, blues y... un par de pelotas. Así de claro. Hace ya varios años que los vi en la Sala Caracol y me hice una pregunta: ¿cómo siguen vivos si en todas las actuaciones se entregan de esta manera? Lo de John Fred Young, el batería, fue agotador. Sólo con verle te quedas exhausto. En ese momento venían a presentar Folklore & Superstition, su segundo disco, el que les dio a conocer ante el gran público. Tras el intento más comercial de Between The Devil And The Deep Blue Sea, se dieron cuenta de que era mejor volver a la raíces con el sobresaliente Magic Mountain. Fijos en el Download Festival, en la gira de este último trabajo en estudio grabaron, también en Inglaterra justo en estas fechas en 2014, su primer documento oficial (existe otro de sus inicios en la mítica Astoria en 2007) en directo: Thank You Livin' Live in Birmingham.


Además de dar un amplio repaso a su discografía, y dejando aparte la energía que transmiten, lo mejor es observar cómo disfrutan encima del escenario. Si la cara es el espejo del alma, la del cantante/guitarrista Chris Robertson es de felicidad absoluta. No para de dar las gracias a los asistentes por haber llenado la sala mientras atraviesa, sobre todo cuando les deja cantar canciones enteras, un proceso de liberación a través de la música. Una especie de exorcismo de los demonios cotidianos que le atormentan, según leí en una entrevista. Quizás sea ese el secreto de una intensidad que, para mí, les hace diferentes al resto. Y eso que él se mueve más bien poco, al contrario que Jon Lawhon, el otro guitarrista (cuello de caucho), y el bajista Ben Wells. Para ellos, esto es un sueño cumplido del que no piensan despertar. Por eso se han metido de nuevo en estudio con el productor de su brillante debut de título homónimo y prometen volver más potentes que nunca. "Es un disco pensado para los fans", aseguran. En su caso, no tengo dudas de que será así.


Los cuatro son hijos de músicos, lo que demuestra el buen gusto que tienen en las versiones que dejan caer o intercalan en el repertorio propio. Cream o Derek & The Dominos son influencias clásicas de las que tiran sin ningún rubor para romper el ritmo del concierto. Muy emotiva es la interpretación de Things My Father Said y Peace Is Free con la colaboración de un público entregado. Hay una química especial entre las dos partes, una cualidad que todo grupo debería esforzarse en conseguir. No es suficiente con ser perfectos técnicamente (Blackberry Smoke) o que la pirotecnia nos deslumbre (Rammstein). Por eso es de agradecer igualmente que no claven los temas de forma autómata, que los alarguen con improvisaciones y que los típicos discursos hacia la gente no suenen forzados. Si a estos extras se le unen temazos como Rain Wizard, Me And Mary Jane, Maybe Someday, Fiesta del Fuego, White Trash Millionaire o Blame It On The Boom Boom (vaya juego da un estribillo tan tonto), el resultado es casi perfecto. La única pega es que en la versión cd esté cortada y dure menos que el dvd. La otra, más habitual, que no pasan por España desde 2009. A ver si hay suerte y me los encuentro en algún festival el próximo verano. Más vale que vaya bien hidratado, porque con Black Stone Cherry no hay medias tintas. Seguro que, una vez más, me dejarán hecho polvo. De lo contrario, empezaré a preocuparme.