Van Halen collage

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martes, 23 de febrero de 2016

Concierto de Winery Dogs (Joy Eslava, 9-2-2016) y crítica de Inglorious, el telonero

Las prisas es lo que tienen. Al final siempre hay algo que sale mal, o al menos no como estaba previsto. El elevadísimo precio de las entradas me había hecho descartar acudir al concierto de Winery Dogs en su segunda visita a Madrid. Según se acercaba la fecha me fue picando el gusanillo y al final no falté a la cita. Nunca se puede despreciar la ocasión de ver juntos a tres talentos tan enormes (Kotzen, Sheehan y Portnoy), por lo que a última hora cambié de opinión sin prestar demasiada atención al grupo telonero. Tremendo error el mío, ya que los ingleses Inglorious acaban de facturar un discazo con mayúsculas de hard rock y heavy metal tradicional que, a buen seguro, merece la pena escuchar en directo. Capitaneados por el cantante Nathan James, cuyo torrente de voz la hace rivalizar desde ya con los mejores del género, su primer disco es una joya de principio a fin. Le acompañan los guitarristas Wil Taylor y Andreas Eriksson, mientras que del bajo y la batería se encargan, respectivamente, Colin Parkinson y Phil Beaver. Puedo asegurar que ninguno de ellos desentona en temas que mezclan lo mejor de Deep Purple (Until I Die, Breakaway), Free (Holy Water), Whitesnake (High Flying Gipsy), Led Zeppelin (Inglorious)... No son referencias de escaso valor a las que ellos imprimen su sello personal, un toque moderno que redondea una obra de altísima calidad. Baladas como la épica Bleed For You o Wake no son fruto de la casualidad, sino de un trabajo hecho a conciencia que no debería pasar inadvertido. Mala suerte, me los perdí como aperitivo de la banda protagonista en la Joy Eslava, que suena bastante bien pese a tener otros problemas, y es algo de lo que me arrepiento de verdad. Espero cogerles por banda en otra ocasión, porque me juego lo que sea a que no decepcionan.


Y vamos con lo gordo: The Winery Dogs. Lo primero, el sold out hizo que en la sala se congregara mucha más gente de la que realmente cabe. Literalmente, había personas subidas en los focos del último piso. Segundo punto, algunos/as no sabían lo que estaban viendo o no les interesaba mucho, ya que estaban sentados/as en los sillones en plan discoteca sólo pendientes del móvil. Lamentable actitud, sobre todo porque los seguidores de verdad, aunque entramos con el tiempo justo, nos tuvimos que buscar un mínimo hueco entre la multitud para intentar disfrutar del concierto. Tercero, la banda toca sobrada, es impresionante el dominio que tiene de los instrumentos (lo de Portnoy con la batería es de otra galaxia), aunque vi a Richie Kotzen bastante desmejorado. Con la guitarra lo bordó, porque la técnica, el feeling, el soul, se le caen de los bolsillos. Lo malo es que parecía estar recién levantado, con mala cara y pinta de mendigo. Lo digo con el máximo de los respetos hacia un artista enorme al que sigo desde los tiempos de Poison. Igual tuvo una mala noche, mientras que Billy Sheehan nos asombró de nuevo martilleando el bajo sin piedad, a una velocidad endiablada, mostrando recursos que sólo una leyenda así es capaz de dominar. Cuarto asunto destacable. En mi opinión, el disco debut de Winery Dogs es bastante superior al Hot Streak que venían a presentar. Elevate o Desire, que de forma inteligente se guardaron para el final de su actuación, están un poco por encima de cualquier canción nueva. Ojo, que Oblivion, Hot Streak, Captain Love o la emotiva Fire alcanzan un nivel sobresaliente, técnicamente perfecto, y se ajustan como un guante al repertorio de los americanos. Punto final: no faltaron los solos de bajo y batería, cortos y poco cansinos, lo cual se agradece teniendo en cuanta de lo que serían capaces estos monstruos. Por separado podrían dar un clinic magistral de su especialidad, juntos forman una sociedad ilimitada de hard rock, blues, progresivo y hasta unas gotas de jazz. Son muy buenos, un lujo para los oídos, quizás demasiado para aquellos que sólo van a figurar y trastear con el puñetero smartphone.

domingo, 14 de febrero de 2016

Concierto de Bryan Adams (Vistalegre, 28-01-2016): Enésima lección de un caballero

Bryan Adams siempre ha sido, es y será una de mis debilidades. Admito que lleva mucho tiempo viviendo de las rentas, siendo noticia por cosas diferentes a la música, pero tras lo visto a finales del mes pasado en Vistalegre, cualquier duda sobre su talento quedó despejada. Sobre todo, porque aún disfruta de lo que hace, un aspecto vital para seguir llenando grandes recintos después de tantos años de carrera. Rodeado de unos músicos increíbles, el canadiense demostró que sabe rockear, entretener y emocionar con la misma soltura de siempre. Fue un concierto soberbio, muy completo, con un sonido hasta bueno pese a dónde de celebró, y con un cierto regusto británico. Y es que había mucha clase sobre el escenario, tablas, experiencia, buen humor y una larga ristra de temazos por los que cualquier artista mataría. Adams venía a presentar Get Up, su nuevo disco en el que ha recuperado algo la chispa perdida, que contiene un puñado de canciones perfectas para interpretar en directo. Ahí arriba ganan bastantes enteros. Luego entramos en el mundo, la galaxia, la dimensión Reckless. Una obra maestra sin discusión que hace poco cumplió 30 años. Aunque hubieran pasado 100, himnos como Summer Of 69, Run To You, She's Only Happy When She's Dancing, Heaven (les quedó de lujo), Kids Wanna Rock, Somebody o It's Only Love no habrían perdido ni un ápice de frescura. Son un regalo no sólo para cualquier seguidor del rock, sino para el ser humano. La música existe, es lo que es, significa tanto para muchos (para mí es la vida misma) por canciones así. Impresionantes.


Lógicamente, Bryan fue el centro de todas las miradas, de las mejores tomas en las pantallas a ambos lados y dentro del escenario. Sin embargo, me fijé en la forma que tuvo de compartir protagonismo con el grupazo que le acompaña. El fino guitarrista Keith Scott se acercó a menudo a cantar con él mientras derrochaba kilates de calidad con las seis cuerdas. Ya fuera en formato eléctrico (hubo momentos de auténtico hard rock cañero) o acústico, demostró tener un nivel altísimo, complicado de encontrar hoy en día. Lo mismo se puede decir del batería Mickey Curry (pocos saben que estuvo tras los tambores de un disquito llamado Sonic Temple), del bajista Norm Fisher y el teclista Gary Breit. Además de las mencionadas joyas de Reckless, en el set list se fueron alternando temas nuevos y viejos hits de Waking Up The Neighbours, Cuts Like A Knife, 18 Til' I Die, baladas de bandas sonoras... Fue al final, ya en los bises, tras la fiesta rockandrolera del C'mon Everybody de Eddie Cochran, cuando el polifacético compositor se desnudó ante el público. Con Vistalegre a oscuras y un foco apuntándole, cogió su guitarra (casi nunca se separa de ella) para tocar en solitario She Knows Me, la cautivadora Straight From The Heart y All For Love, que fue coreada por el Palacio al unísono. Final perfecto para una noche perfecta repleta de detalles imperceptibles para los que se quedan con el Bryan Adams del anuncio, el fotógrafo, la balada ñoña (nunca lo son). Para los demás, al menos para mí, este señor se merece el mayor de los respetos. Un caballero. 10 de 10, Mr. Adams.

sábado, 13 de febrero de 2016

Póker de ases: The Cult, Monster Truck, The Temperance Movement y Last In Line

Tengo que recuperar el tiempo perdido. No paran de salir discos nuevos interesantes en este inicio de 2016 y, de momento, voy a meter en el mismo post a cuatro de ellos. Empiezo por los más mediáticos, si se puede decir así, los británicos The Cult. Llegan ya a su décimo trabajo en estudio con un Hidden City que cumple de sobra con las expectativas. Mezcla de su parte más rockera y con la espiritual, no cabe duda de que Astbury y Duffy (una pareja ya mítica a la altura de las clásicas) son incapaces de hacer algo malo o simplemente, regular. Está claro que Ian ya no tiene la voz de antaño, pero ha sabido evolucionar, mientras que el guitarrista mejora como el vino. Destila clase en cada riff, cada solo, es increíble que no reciba más reconocimiento. La producción de Bob Rock, otro maestro, hace que cada instrumento suene a gloria, en su sitio. ¿Temas destacados? Todos. Me quedo con la trilogía inicial, la oscuridad de In Blood o Birds Of Paradise, Hinterland es maravillosa y GOAT (esa batería de Tempesta) nos devuelve a los tiempos de Electric. Casi nada. Avalanche Of Light está entre las mejores canciones de su carrera igual que Heathens... No tiene desperdicio. The Cult son una institución, lo saben y actúan en consecuencia. Indispensables una vez más, y van..


Ingleses son también, aunque mucho más recientes, The Temperance Movement. Bebiendo de las fuentes más clásicas del género, me sorprendieron hace tres años con su debut. Se les acusó de copiar en exceso a Black Crowes (menudo problema) y quizás por eso han querido dar una vuelta de tuerca a su estilo en White Bear. Tuve la suerte de verles en directo en una pequeña sala, donde me convencieron de que tienen su propia personalidad. La voz de Phil Campbell es increíble, se lleva casi todo el protagonismo dentro de una propuesta que une blues, psicodelia, rock and roll, soul... Todo es muy básico pese al barniz moderno que le han aplicado a los temas de su nuevo disco. Me quedo con los más potentes como Three Bulleits, Get Yourself Free, Modern Massacre o The Sun And Moon Roll Around Too Soon. Sin embargo, mi favorito es el que da título a su segunda obra. Tras un inicio brutal de slide, la cosa se suaviza para explotar de nuevo con el puente hacia el estribillo escondido. Me parece una montaña rusa originalísima. Oh Lorraine nos propone un blues del siglo XXI con armónica en plan bucle y un ritmo de bajo martilleante. Un experimento que mal no les ha quedado. Acaban con una balada preciosa, melancólica y cadenciosa. La típica despedida tranquila para calmar los nervios. Ya veremos hasta dónde pueden llegar.


Viajamos ahora hasta Canadá para analizar el segundo y esperado disco de Monster Truck. Aupados por el revival de los viejos sonidos hard rock, southern y blues, este grupo me explotó en la cara con Furiosity también hace tres años. Fue un debut bestial, sin descanso, como un tren desbocado al que no le importa empotrarse contra el tope de la vía muerta. Por los mismos derroteros discurre Sittin' Heavy, incluidos esos teclados de fondo que tanto empaque le dan al conjunto. Destacan algunos matices novedosos, eso sí, en canciones que rompen la alta intensidad eléctrica. Son los casos de For The People, Black Forest (la mejor) y Enjoy The Time. El vozarrón grave de Jon Harvey les viene como anillo al dedo y sus compañeros cumplen a la perfección para que el ritmo, que a veces puede parecer repetitivo, no decaiga en ningún momento. Coros y estribillos que se quedan marcados a fuego hay un montón (Don't Tell Me How To Live, Things Get Better, The Enforcer), y son más que adecuados para gritarlos en directo. Tengo ganas de ver a esta gente, aunque en la inminente gira europea España se ha quedado fuera. Igual en los festivales de les pillo.


Para acabar este repaso express, no puedo olvidarme del Heavy Crown de Last In Line. No sé si está concebido como el enésimo homenaje a Dio, pero es el más brillante en mi opinión. Los músicos que acompañaron al pequeño cantante en aquel disco inolvidable se juntaron para versionarlo y después decidieron crear uno nuevo, con canciones inéditas de mucha calidad interpretadas con sumo gusto. Otra cosa no de podía esperar del talento indiscutible de Vivian Campbell (guitarrista), Jimmy Bain (bajo) y Vinny Appice (batería). Los dos últimos formaron la base rítmica más precisa y contundente que he escuchado nunca en el heavy metal. Este trabajo sirve como obra póstuma de Bain, que falleció en el último mes de enero negro que ha vivido el rock. Por si las referencias fueran poco válidas, han encontrado un vocalista, Andrew Freeman, que no le anda a la zaga a Ronnie James. Se echaban de menos las cabalgadas guitarreras de Campbell (Def Leppard es otro mundo) como las de Martyr, I Am Revolution y Already Dead. De verdad, parece que estamos escuchando cualquier trabajo de la época más prolífica del propio Dio. El parecido es asombroso y el que tuvo, retuvo. Son como un reloj suizo, perfecto en su estilo, sin despreciar los tópicos del género, aunque sin sonar trasnochados. Al revés, los solos y las melodías de las canciones más pausadas desprenden frescura. Es un señor disco que seguramente pasará bastante inadvertido. Otro de tantos que irán pasando por aquí.


jueves, 11 de febrero de 2016

Concierto de The Darkness (Sala But, 15-01-2015): God save the new Queen

Con casi un mes de retraso, la visita de The Darkness a Madrid vale la pena para relanzar el blog tras un pequeño parón. Corren tiempos duros y me cuesta escribir, pero voy a intentarlo. El grupo de los hermanos Hawkins no es una formación al uso. Me explico. Su estilo es difícil de definir pese a que, en esencia, se trate de hard rock británico de toda la vida. A ello hay que sumar detalles glam, la personal e intransferible personalidad y voz de Justin y, a mi juicio, la referencia permanente a Queen. Todas estas señas de identidad destacan aún más en directo, como se pudo comprobar en una Sala But a reventar. Un sold out sorprendente, con mucho público que no sabía muy bien dónde estaba o a quién estaba viendo. Algo cada vez más habitual, sobre todo en fines de semana, en recintos que normalmente son discotecas y que se utilizan para conciertos ante la falta de salas adecuadas. Había demasiada gente y no encontré el sitio perfecto para disfrutar de la actuación, por lo que no dudé en adquirir el usb para descargarla días después en mp3 en la web del grupo de forma oficial y con muy buen sonido. Venían a presentar Last Of Our Kind, aunque el set list estuvo compuesto casi en su totalidad por las canciones de su primer y genial disco, Permission To Land. Se dejaron fuera temazos nuevos como Open Fire, lo que generó muchas criticas hacia ellos igual que los excesivos parones en el escenario. Si se trata de sacar punta podemos sacar multitud de defectos, como el abuso de los discursos y el humor inglés que casi nadie entiende, pero nos desviaríamos de lo realmente importante. La banda suena potente, convence a pesar de las idas y venidas, cambios de formación cuya última novedad es la adición de Rufus Taylor a la batería. Contundente en la pegada, el hijo del mítico componente original de Queen demostró que el puesto puede ser suyo por muchos años. Y teniendo en cuenta la influencia clara que la reina es para Darkness, la elección parece perfecta.


Volviendo al repertorio, me encantó un tema inédito que presentaron, Rack Of Glam, mientras que lo menos acertado fue el empeño que tienen por incluir la versión de Radiohead. No faltaron los falsetes y las piruetas de Justin, bastante desmejorado físicamente, las pintas retro del bajista Frankie Poullain, ni el buen hacer de Dan con las guitarras. Recurriendo al tópico, para que se me entienda mejor, es como el Malcolm Young de The Darkness, el cemento que une los ladrillos pese a que va a su bola totalmente. Eso sí, se deja de posturitas y ejerce su función de ensamblaje sin fisuras. Los momentos más álgidos, incluso de histeria colectiva, se vivieron con los hits más conocidos como Love Is Only a Feeling, Get Your Hans Off My Woman o I Believe In A Thing Called Love. Me pareció excesivo que tocaran su primer trabajo casi entero, aunque este grupo es así, imprevisible, y ahí reside parte de la genialidad que les diferencia del resto. Del injustamente olvidado One Way Ticket To Hell apenas sonaron dos temas (English Country Garden es 100% Queen), del disco de reunión Hot Cakes alguna más y del nuevo, paradójicamente, sólo un par: la inicial Barbarian y Roaring Waters. En general, el sonido fue aceptable y casi nadie pareció quedar insatisfecho por lo que había visto. Al menos es la sensación que me dejó un concierto que no pasará a la historia (me gustó más el anterior que vi en La Riviera) después de cumplir con su cometido: entretener, divertir y provocar con una buena noche rock and roll. A estas alturas, como suelo decir, poco más se puede pedir. Sólo una cosa, a los que no les guste y van a estos conciertos para figurar con las invitaciones, mejor que se queden en otro lado. Muchas gracias.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Concierto de Zodiac (La Boite, 10-12-2015): regreso al rock químicamente puro

Si hubiera una fórmula química para definir el rock, sin duda es la que utilizaron Zodiac el pasado jueves en la parada madrileña dentro de su gira española. Lo que muy pocos afortunados vivimos en la Sala Boite fue un regreso en toda regla al verdadero significado no sólo de un estilo musical, sino de una forma de vivir, de sentir, de disfrutar con lo que se hace hasta las últimas consecuencias. Lejos del lujo y oropel de los grandes estadios, los alemanes están recorriendo la Península con una furgoneta alquilada (la suya se averió), ellos mismos cargan con los bártulos para meterlos en la sala, se encargan de probar el sonido sin apenas tiempo y, por si fuera poco, nos deleitaron con un concierto memorable. Con visibles y lógicas muestras de cansancio, fueron de menos a más hasta poner patas arriba el diminuto recinto de la capital. El sonido también fue mejorando tras un inicio confuso, en plan bola casi inaudible, con los protagonistas algo fríos antes de entrar en calor a base de echarle ganas. Zodiac suenan mucho más contundentes en directo que en sus tres discos publicados hasta la fecha. Es extraño que no dieran más cancha a Sonic Child, su último trabajo, sobre todo teniendo en cuenta cómo subieron las revoluciones al tocar Swinging On The Run, Holding On o el blues con el que cerraron su actuación, A Penny And A Dead Horse. El cantante y guitarrista Nick Van Delft ejerce de líder absoluto, sobre todo con esos punteos al final de las canciones que tanto le gustan, o doblando los solos con Stephan Gall. Algunos temas alcanzan momentos épicos con esos duelos de guitarra que ya no se ven mucho. Ruben Claro, el bajista, también se hace cargo de los teclados y los coros, mientras que el batería Janosch Rathmer cumple su cometido con precisión.


Las influencias de la banda germana están muy claras, por lo que tienen inconveniente en tirar de versiones. En su repertorio ya es indispensable Cortez The Killer, de Neil Young, terreno abonado para que la guitarra asuma el control durante un rato bien largo. La otra fue Blue Jean Blues, su propia visión de ZZ Top que incluyeron en su brillante debut discográfico, A Bit Of Devil, del que cayeron una emocionante Coming Home (Van Delft y Claro bajaron a tocar entre el público), Diamond Shoes y el tema título. Completaron el set list con Free (otro momento destacado), Moonshine y Believer, pertenecientes al disco Hiding Place. A estas alturas se les veía muy cómodos en el escenario, sin importarles la paliza que llevaban encima. Tenía mérito lo que estaban haciendo, ya que otros grupos quizás hubieran optado por volver a casa al tener todos los elementos en contra. Sin embargo, pese a que Zodiac no ha ganado ningún concurso, no tienen apellidos ilustres y nadie les ha regalado nada, dieron una lección de profesionalidad difícil de olvidar. Sólo había que observar  la cara de satisfacción de la gente al final para darse cuenta de que grupos así son fundamentales para la supervivencia del rock. Sin poco que ganar y más cosas que perder, se presentan ante poco más de 200 personas dando todo lo que llevan dentro, con buenas caras, sin complejos, con un par de pelotas.  Esto se tiene o no se tiene, no se consigue en un laboratorio televisivo, aunque la gran mayoría (no saben lo que están dejando escapar) no sepa ni sabrá nunca quiénes son Zodiac.

lunes, 30 de noviembre de 2015

Crítica de Honeymoon Disease: The Transcendence (Napalm Records, 2015)

¡A por las suecas!, se supone que gritaba el desaparecido y genial José Luis López Vázquez en alguna de esas películas impagables del viejo cine español. La frase viene al pelo para meterle mano al análisis del enésimo grupo sueco que debuta con un disco brillante tomando como referencia las raíces del rock and roll. Honeymoon Disease se presentan con la particularidad de contar con dos féminas en su formación: la cantante/guitarrista rítmica Jenna y Acid como la guitarrista principal. Les acompañan el bajista Admiral y el batería Jimi, dos personajes melenudos con bigote sacados de cualquier telefilme ochentero de moteros cutres. De hecho, la imagen del grupo está muy asociada a los ruidosos vehículos de dos ruedas, cuyas fotos, junto a unas calaveras, ilustran el interior y la contraportada de The Transcendence. Con estas premisas, la propuesta musical parecía ser inmejorable y, efectivamente, mis sospechas han dado en el clavo. No sé qué demonios comen allí arriba para que salgan bandas de tanta calidad cada dos por tres. Será que hay pocas horas de sol, que se aburren y se ponen a hacer música, en fin, que yo cuando veo que son de procedencia escandinava, directamente me froto las manos. El filón descubierto por Hellacopters tras sus inicios más punkeros sigue dando resultado y, de hecho, pese a que en la pegatina de la portada dice que HD es para fans de Deep Purple, Thin Lizzy y Rainbow (que también), yo les veo más cerca del estilo retro con el que Nick Royale y sus huestes nos dejaron una joya tras otra antes de separarse. Llegaron a ser tan grandes, sobre todo en su país, que se han convertido en una referencia directa para las nuevas generaciones aspirantes a ocupar su trono. Imperial State Electric, los herederos directos capitaneados por el propio Nick, están en ello, aunque todavía les falta camino por recorrer.


Los once temas del primer disco de Honeymoon Disease van por estos derroteros. Es verdad que tienen más influencias, como los toques a lo Runaways, Jefferson Starship, ZZ Top o Status Quo, lo que completan una obra perfecta para disfrutar del rock clásico con el inconfundible sello de calidad y buen gusto suecos. Yo tengo debilidad por esta gente, lo siento, igual es un problema, pero es que todos me parecen buenísimos. Me resulta imposible resistirme a un inicio de cinco canciones tan atractivas como son Higher, Stargazer, Imperial Mind, Gotta Move y You're Too Late. La primera es un viaje en el tiempo psicodélico a los 70 con unos juegos de voces y un punteo final impensables para unos novatos. Las otras, más sencillas, son precisamente eso, cuatro disparos rockeros que dan en el blanco. Bajan un poco el pie del acelerador en Break Up, que junto a Brand New Ending, son los momentos más tranquilos (sin ser baladas) de este trabajo tan prometedor. No me atrevería a decir de Jenna es la nueva Janis Joplin, porque eso son palabras mayores y tiene muchos rivales femeninos en la actualidad (Blues Pills sería el principal), aunque dota al conjunto de un espíritu hippie, un aire de aquellos festivales míticos tipo Woodstock. En cuanto a los solos de guitarra, innumerables y bien ejecutados, dejan en segundo plano a la base rítmica. Fast Love fue su carta de presentación, un single efectivo, rápido, que te pone las pilas de forma inmediata. El final in crescendo de Keep Me Spinning es el más adecuado para una segunda parte de The Transcendence más pausada, que esconde una pequeña pieza instrumental con piano en los últimos segundos. A ver si hay suerte y algún promotor los trae por aquí para comprobar cómo se las gastan en directo. La fiabilidad nórdica ya está superando a la alemana y, además, sin trucos contaminantes en el motor. El de Honeymoon Disease ruge como una fiera, una Harley desbocada por las carreteras polvorientas de una película de serie B. Y eso que eran mejores las de Mariano Ozores, sobre todo por las suecas...      

jueves, 26 de noviembre de 2015

El EP gratuito de Foo Fighters: ¿es Grohl un oportunista o un genio agradecido?

Múltiples y muy variopintas han sido las reacciones del mundo de la música tras los brutales atentados de París. He leído y escuchado todo tipo de dedicatorias justificadas ante algo que espero no se vuelva a producir. En este sentido, el pasado lunes vio la luz un nuevo EP de Foo Fighters, que ya se venía anunciando desde hace tiempo con una cuenta atrás en la web del grupo. Sin embargo, inmediatamente fue asociado a lo sucedido en Bataclan y otros lugares de la capital francesa el 13 de noviembre. El hecho de que las cinco canciones se puedan descargar de forma gratuita dio lugar a titulares del estilo "Foo Fighters sacan un disco gratis como homenaje a las víctimas" o frases muy parecidas. No tardaron en aparecer también las voces acusando a Dave Grohl de oportunista, sobre todo porque parece algo evidente y, para qué vamos a engañarnos, porque el líder de la banda norteamericana tiene muchos detractores. Pues bien, no entiendo ni una cosa ni la otra partiendo de que no soy nada objetivo al hablar del que fuera batería de Nirvana. Me parece un genio, un tipo siempre metido en multitud de proyectos (cada uno mejor que el anterior) al que sólo le perjudica, en mi opinión, haber tenido éxito. No le conozco personalmente, pero es evidente que disfruta cada segundo de lo que hace, talento le sobra, y encima parece ser un buen tío. Detalles como las tres horas de concierto que nos regaló hace cuatro años en Madrid con todos los elementos en contra no se olvidan. Aquel día se convirtió en uno de mis ídolos y por eso creo que muchos se equivocan al ponerle a parir. Además, sólo hay que detenerse a leer las cosas con atención para no meter la pata. En la carta que acompaña el mencionado EP, el propio Grohl deja muy claro que las canciones estaban hechas antes de la tragedia. Simplemente, aprovecha el mensaje para lamentar lo que ocurrió, mostrar sus condolencias y luego explica con detalle el proceso de grabación. Nada más. El que quiera ver algo más tiene un problema. Y si el lanzamiento es gratuito es porque le da la gana, porque quiere y puede hacerlo. Seguro que lo tenía previsto antes de tan tristes acontecimientos.


Musicalmente hablando, los cinco temas de este Saint Cecilia me han convencido plenamente. Nos los veo como las típicas caras B desechadas pese a haber sido compuestas en los ratos libres de la última gira. Lo mejor es que suenan a los Foo Fighters clásicos, algo que se había perdido en el conceptual Sonic Highways. La canción que da título a la obra y Sean podrían estar perfectamente en cualquiera de los trabajos anteriores de la banda, mientras que Savior Breath es un trallazo a lo Motorhead en toda regla. Se echaba en falta más adrenalina tipo White Limo, del fantástico Wasting Light en cuyo vídeo sale precisamente Lemmy, y aquí la liberan a raudales. En el plano opuesto está la acústica Iron Rooster, con un estribillo marca de la casa, de esos que Dave de la manga casi sin querer. Para el final dejan The Neverending Sigh, muy completa, enérgica, con un postrero solo de guitarra que se corta mientras va bajando el volumen. Es una pena, porque suena de muerte. En principio, el EP sólo está a la venta en formato físico como vinilo, supongo que con motivo del Black Friday, y desconozco si saldrá en cd. Las descargas digitales gratuitas están disponibles desde el pasado lunes en la web del grupo. La gira europea (con fecha en Barcelona incluida) que ha sido cancelada hace poco por culpa de los atentados habría sido una buena oportunidad de presentarlo. Ahora tendremos que esperar, porque tampoco les he visto anunciados en los carteles de los festivales veraniegos de 2016. No me extrañaría que al final se apuntaran o que nos sorprendan con alguna otra novedad. Grohl lleva muy mal lo de estar parado (ni con una pierna escayolada lo hizo) para desesperación de los más críticos. Mal que les pese, es una de las pocas estrellas del rock actual capaz de coger el relevo a los más grandes. Un tipo que grabó él solo el disco debut de Foo Fighters o que se rumorea está detrás de la batería de los aor-satánicos Ghost, que tiene otro grupo con John Paul Jones, entre otras muchas actividades, no tiene que demostrar nada a nadie. Sólo seguir igual hasta que su cuerpo, y el nuestro, aguanten.    

martes, 17 de noviembre de 2015

Concierto de Backyard Babies (Joy Eslava, 15-11-2015): regreso con el freno echado

Creo que ya es la quinta o sexta vez que veo a Backyard Babies en directo. Nunca me han decepcionado y el concierto del pasado domingo en la Joy Eslava no fue una excepción, aunque con pequeños matices. Tras un parón de seis años, los que para mí fueron precursores de la movida macarra sueca surgida a finales de los 90, han retomado la actividad en 2015 con el irregular Four By Four en estudio y la consiguiente gira. Llevan ya muchos años en esto, la experiencia es un grado, su profesionalidad es indiscutible... Sin embargo, muy poco, o nada, queda ya de aquel torbellino de punk y sleazy con el que irrumpieron en un mercado adormecido. Jamás olvidaré cómo barrieron del escenario a Velvet Revolver saliendo antes que ellos en La Riviera en 2004. O aquellas dos veces que me dejaron exhausto después de liarla parda en la Sala Arena, Heineken o vaya usted a saber cómo se llamaba entonces. Tampoco es que tocaran mucho tiempo, apenas una hora, ya que era imposible aguantar esa intensidad brutal sudando como animales (aún me pregunto por qué Dregen sigue vivo) mientras nos bombardeaban con un arsenal basado en el memorable Total 13. No sé si por comodidad o porque fueron ganando seguidores sin parar con trabajos más orientados al rock más comercial, su propuesta escénica actual es radicalmente distinta. Ojo, que no digo yo que no me guste, de hecho me encanta pese a no tener nada que ver con la anterior. No hay festival que se precie que no cuente con ellos.


Antes de las estrellas de la noche, las chicas de Heavy Tiger calentaron el ambiente a lo Runaways. Perfectamente uniformadas, las suecas ofrecieron un buen rato de punk rock con todos los clichés del género incluidos. Cerca de las 21:30, Nicke Borg, Dregen, Peder Carlsson y Johan Blomqvist empezaron a demostrar que continúan en forma, eso sí, con una marcha menos. En ocasiones, sobre todo se notó en la surfera Heaven 2.9, parecía que tocaban con el freno de mano echado. Movimientos demasiado estudiados, cada uno metido en su papel, sólo en algún momento dejaron paso a la improvisación. Las escasas sorpresas corrieron a cargo del guitarrista Dregen, un tipo curioso que no abandonará nunca esa imagen cutre medio gitana, con el gesto torcido a pesar de los problemas de salud que ha sufrido. Nicke, que también ha superado varias adicciones, estuvo brillante con la rítmica y está bien de voz. Se emocionó con el minuto de silencio que pidió por las víctimas de París, los momentos acústicos (Roads, Abandon, Bloody Tears) los bordó manteniendo siempre una conexión perfecta con los fans. Lógicamente, cuando sonaron los temas de Total 13 se desató la locura. Highlights, UFO Romeo, Made Me Madman o el cierre de Look At You son ya clásicos de un estilo que ellos patentaron en su país. Del nuevo disco sólo cayeron tres canciones y el resto fueron singles escogidos como Brand New Hate, Dysfunctional Professional, Minus Celsius, Star War (muy celebrada), The Clash o A Song For The Outcast. La fórmula todavía funciona, yo jamás dejaré de escucharlos, pero creo que necesitan un soplo de aire fresco para que no se olvide la revolución nórdica que lideraron junto a Hellacopters. De lo contrario, me temo que este regreso se quedará a medio camino. 

lunes, 16 de noviembre de 2015

Concierto de Black Star Riders (Sala Arena, 14-11-2015): emoción a la irlandesa

No fue un concierto normal. Por muchas razones. La principal, que sólo 24 horas antes, la barbarie terrorista había acabado con la vida de cientos de asistentes a la frustrada actuación de Eagles Of Death Metal en París. Aún con las terribles imágenes de lo ocurrido en Bataclan en la memoria (me temo que no las olvidaremos nunca), Black Star Riders decidieron tocar en Madrid. Rabia contenida, más silencio que de costumbre, ganas de demostrar que el rock sigue vivo, la emoción se palpaba en la Sala Arena... Sobre todo porque los irlandeses son un grupo muy especial. Herederos directos de Thin Lizzy, muchas de sus canciones hablan de libertad, del amor por la patria, de paz y de guerra, de héroes y villanos, todas esas historias que engrandecen al ser humano. Precisamente por ello eran la banda perfecta para homenajear a las víctimas de unos asesinos que encarnan lo contrario: lo más bajo e infecto que puede llegar a ser el hombre cuando se lo propone. No tardó mucho el gran Ricky Warwick (pedazo de frontman) en dedicar los 19 temas que a esa gente cuyo único pecado fue intentar disfrutar de un buen rato de rock and roll. Motivados porque no era una noche cualquiera, el mencionado Ricky, Damon Johnson, Robbie Crane (último fichaje para el bajo), la leyenda Scott Gorham y Jimmy De Grasso salieron a matar. A reventarnos los tímpanos para demostrar lo que son: un grupazo cuyos miembros parece que llevan juntos 20 años. En realidad se rebautizaron como Black Star Riders en 2012 tras rendir tributo al desaparecido Phil Lynott con multitud de integrantes que iban y venían. Ya con una formación estable han publicado dos discos, All Hell Breaks Loose (2013) y The Killer Instinct (2015). El espíritu de Thin Lizzy sigue presente, lo que junto a la calidad de unos músicos curtidos en mil batallas los convierten en clásicos instantáneos. De esos que perduran en el tiempo y que, cuando uno duda sobre qué escuchar, echa mano de ellos por ser una apuesta segura.


Nos debían una por la anulación de la iba a ser su primera visita a España hace un par de años. Esta vez tenían una excusa perfecta para repetir la espantada, pero cumplieron con creces. El sonido estuvo algo embarullado, quizás demasiado alto, dos pequeños defectos comprensibles por esa garra e intensidad a la que refería un poco más arriba. Alternaron sus propios temas con los imprescindibles de Lynott como Jailbreak, Are You Ready, Waiting For An Alibi o un The Boys Are Back In Town que puso patas arriba el pequeño recinto de la capital. A nivel individual, Warwick demostró que conserva su enorme potencial intacto desde la época de The Almighty. Fue una delicia ver a un mito como Gorham disfrutando cada segundo del recital. El ex Alice Cooper Damon Johnson es un guitarrista notable que ayuda mucho en la composición, mientras que Crane tampoco tiene que demostrar mucho habiendo militado nada menos que en Ratt. Me sorprendió la facilidad de De Grasso tocando la batería sin hacer aspavientos, como si fuera muy fácil no perder el ritmo. Igual su participación en Megadeth le exigía mucho y se encuentra cómodo en un papel más relajado. Otros momentos destacados, emotivos, se vivieron al sonar Kingdom Of The Lost, Soldierstown o Bound For Glory, himnos irlandeses que invitan a pedir una pinta de cerveza para brindar. En el lado más hardrockero, Bloodshot, Charlie I Gotta Go (una de mis favoritas), Hey Judas, All Hell Breaks Loose o The Killer Instinct dejaron a sus seguidores más que satisfechos. El contraste lo puso la tranquilidad de Blindsided, interpretada con una clase enorme, y el final fiestero con Rosalie y Whisky In The Jar. Concebida en su día por Thin Lizzy como una cara B, la versión de Metallica la popularizó hasta convertirla en imprescindible. No hubo bises, el grupo se retiró entre ovaciones, saludando como mandan los cánones, y recordando que el rock fue, es, y será eterno. Su alma está herida desde el pasado viernes, pero nadie podrá acabar con él. Ni a tiros ni con bombas.

 

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Lo nunca oído: The Manic Shine mezclan a Hendrix con RATM en Trial & Triumph

Esto sí que es nuevo. Yo al menos no había escuchado nunca nada parecido. En el artículo anterior hablaba de influencias, aunque escoger dos tan opuestas sí que es de traca. Y que además la mezcla salga bien, pero que muy bien, de fuegos artificiales. Pues los ingleses The Manic Shine lo han conseguido. En Trial And Triumph, su segundo disco, hay muchos más estilos (alternativos, progresivos...) que analizar tras detenerse en lo que más me ha flipado: juntar a Rage Against The Machine con Jimi Hendrix. Como suele pasar en estas ocasiones, no los conocía de nada y Classic Rock (mi biblia particular) me abrió las orejas una vez más. Hace unos días lo colgaron en streaming y la curiosidad me picó. ¿A qué sonará esto? Y me lo metí en vena del tirón. Menudo viaje musical sin precedentes a través de nueve canciones (se ha puesto de moda) como nueve soles. Van de cuarteto por la vida con los singulares nombres de Oz, Orren, Hutch y Tamir y, sin temor a equivocarme, mucho me extrañaría que no siguieran los pasos del éxito de Royal Blood. Vaya riffs, estribillos machacones y melódicos a la vez, solos de guitarra elaboradísimos, baterías de órdago, cambios de ritmo, un sonido que tira de espaldas... Tengo pendiente analizar su debut, Let Go Or Be Dragged, para comprobar si ya prometían lo que ha venido después. Hay un tema que quiero destacar por encima del resto: Haze (Singing My Name). Reto al más aguerrido fan, pongamos del impresentable de Enrique Iglesias, a que, por lo menos, se le escapa un pequeño movimiento de algún miembro al escucharla. Es literalmente imposible no reaccionar ante tamaño bombazo. Me imagino lo que puede desencadenar en directo y decir que se me cae la baba como Homer es poco. La explosiva mezcla de la que hablaba es aquí evidente, igual que en la apertura de Ball And Chain, Brakes u Orbit (la parte central es una pasada), otros tres pelotazos de dimensiones considerables consiguiendo un equilibrio admirable entre ecos clásicos y sonidos más modernos. 


Blind Love y Hold On (Together We'll Keep Dreaming) son los ejemplos más claros de que, entre sus gustos, también están Incubus. La primera flirtea un poco con el pop y el funk, pero casi al final sueltan un riff marca de la casa que deshace cualquier duda. Hold On es más progresiva, comercial, tranquila, preciosa, te acabas rindiendo ante su pretenciosidad. No sé cómo lo han hecho para sonar de esa forma, tan contundente y dulce a la vez. Las tres últimas canciones son canela fina. El inicio de I Don't Wanna Hear It recuerda a Wasted Years de Iron Maiden para dar luego paso de nuevo a esos acordes tan reconocibles de Tom Morello (el solo podría ser suyo) y compañía. El estribillo te vuela la cabeza con unos tambores taladrantes. La intensidad no decae con Reset, una especie de oda futurista con distintos efectos de guitarra muy logrados, originales, que nunca caen en la normalidad. Y es que esta banda, insisto, es de todo menos normal, y por eso cierran a toda mecha, sin piedad, con Binary, el enésimo trallazo de esta obra casi sobrenatural. Igual exagero, lo sé y me da igual. Pienso aprovechar al máximo este momento de que nadie los conoce para machacar Trial And Triumph hasta la saciedad. Luego se pondrán de moda y nada será lo mismo. O a lo mejor pasan inadvertidos, se separan y adiós muy buenas. Espero haberlo visto antes en directo, en sala o festival, para dedicarles una ovación más que merecida. ¿Juicio y triunfo? Triunfo y por goleada, señores.


jueves, 5 de noviembre de 2015

Jetbone o cómo pasar de Kiss a Rolling Stones y Black Crowes sin salir de Suecia

Influencias. Palabra básica para que uno sepa por dónde van los tiros de lo que va a escuchar. Sobre todo con grupos nuevos, resulta importante conocer de qué fuentes beben, el origen de lo que nos ofrecen. El caso de Jetbone resulta curioso en este sentido. Con sólo dos discos publicados hasta la fecha, esta joven banda sueca ha experimentado una metamorfosis tan lógica como inesperada. Había perdido su pista desde aquel debut de título homónimo (como manda la tradición) que salió en 2012. Un amigo me aconsejó que no los dejara escapar, lo que fue suficiente para mí junto a su procedencia escandinava. Los primeros acordes de Dancin' On Your Grave me bastaron para darle el visto bueno, porque intuía lo que tenía entre orejas. Siguiendo la estela de Hellacopters, o más bien de sus herederos Imperial State Electric, estos chavales de Sundsvall se sacaron de la manga un debut poco original, para qué lo vamos a negar, aunque fresco, muy dinámico, y con ese sello de buen gusto típico de su país. Era imposible escapar de los coros de Baby It's Your Time o Dead City Fire, mientras que en Ride The Riot apretaban el acelerador para coquetear con el punk. Temas cortos, el disco apenas dura una media hora que se para volando mientras les imaginas imitando a Kiss y Thin Lizzy en el local de ensayo. Porque ahí estaba el meollo de la cuestión. Dos bandas míticas que adoran en Suecia y a las no tienen el menor reparo en coger como referencia, a veces de forma descarada. No es una crítica, porque si haces hard rock, lo más normal es empezar haciendo versiones de los más grandes. Luego ya componen sus canciones, pero la semilla sigue ahí, bien plantada.


Por sorpresa, sin previo aviso, me topé hace pocos días con Magical Ride, su segundo trabajo. La foto de la portada y un rápido vistazo a su Facebook me hizo sospechar que algo había cambiado. Y vaya que sí, menudo viaje en el tiempo. No sé si por seguir la moda revival o porque realmente se lo pedía el cuerpo, han echado la mirada hacia atrás. La influencia es ahora aún más clásica, incorporando muchos teclados e instrumentos de viento, con los Stones y Black Crowes como punto de partida. Nada queda de aquellos riffs cortantes, las canciones sencillas y ritmos alocados. Ahora todo es rock and roll de la vieja escuela, retro, tranquilidad, desarrollos largos, blues, soul... Parece que hubieran pasado muchos más años de los reales desde que debutaron. Lo mejor es que la cosa funciona, lo que demuestra de nuevo que estos suecos son el futuro (y presente) de la música. Han incorporado algún miembro más a la banda con los que despachan once pistas a cada cual más interesante. Sólo se les puede acusar del parecido entre algunas, pero hay tanta chicha dentro que se olvida rápidamente. Títulos como C' mon, Mixed Emotions, Working Hard For Your Money, Woman, Everybody Needs Somebody To Love y Rosalie se asocian inmediatamente a viejos hits de los 60 y 70 famosos en el mundo entero. Personalmente, los prefiero cuando se ponen más rockeros, aunque los temas más lentos siempre contienen algún solo, algún detalle o cambio de tercio aprovechable. Fifth Time Loser se asemeja a los Primal Scream de Jailbird o Rocks, lejos de las maquinitas que tanto les perjudican, eso sí, con el inconveniente de que al cantante todavía le falta modular un poco la voz para un estilo tan exigente. Esta pequeña pega no empaña el esfuerzo de Jetbone en buscar un nuevo camino. Estoy deseando verles en directo para ver si pasan una prueba que, como la del algodón, nunca engaña. Con las influencias que tienen, antiguas y nuevas, no creo que me vayan a decepcionar.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Crítica de Black Stone Cherry: Thank You Live In Birmingham (Eagle Rock, 2015)

Pocos, muy pocos grupos hay ahora mismo tan honestos como Black Stone Cherry. Cristalinos, sinceros, sin trampas, no tienen nada que esconder, exprimen todo lo que tienen hasta la última gota y su nuevo dvd/cd en directo es la prueba inequívoca de ello. La receta es bien sencilla, incluso básica diría yo. Cuatro chavales (ya no tanto) de Kentucky tocando hard rock puro, sin aditivos, con toques southern, country, blues y... un par de pelotas. Así de claro. Hace ya varios años que los vi en la Sala Caracol y me hice una pregunta: ¿cómo siguen vivos si en todas las actuaciones se entregan de esta manera? Lo de John Fred Young, el batería, fue agotador. Sólo con verle te quedas exhausto. En ese momento venían a presentar Folklore & Superstition, su segundo disco, el que les dio a conocer ante el gran público. Tras el intento más comercial de Between The Devil And The Deep Blue Sea, se dieron cuenta de que era mejor volver a la raíces con el sobresaliente Magic Mountain. Fijos en el Download Festival, en la gira de este último trabajo en estudio grabaron, también en Inglaterra justo en estas fechas en 2014, su primer documento oficial (existe otro de sus inicios en la mítica Astoria en 2007) en directo: Thank You Livin' Live in Birmingham.


Además de dar un amplio repaso a su discografía, y dejando aparte la energía que transmiten, lo mejor es observar cómo disfrutan encima del escenario. Si la cara es el espejo del alma, la del cantante/guitarrista Chris Robertson es de felicidad absoluta. No para de dar las gracias a los asistentes por haber llenado la sala mientras atraviesa, sobre todo cuando les deja cantar canciones enteras, un proceso de liberación a través de la música. Una especie de exorcismo de los demonios cotidianos que le atormentan, según leí en una entrevista. Quizás sea ese el secreto de una intensidad que, para mí, les hace diferentes al resto. Y eso que él se mueve más bien poco, al contrario que Jon Lawhon, el otro guitarrista (cuello de caucho), y el bajista Ben Wells. Para ellos, esto es un sueño cumplido del que no piensan despertar. Por eso se han metido de nuevo en estudio con el productor de su brillante debut de título homónimo y prometen volver más potentes que nunca. "Es un disco pensado para los fans", aseguran. En su caso, no tengo dudas de que será así.


Los cuatro son hijos de músicos, lo que demuestra el buen gusto que tienen en las versiones que dejan caer o intercalan en el repertorio propio. Cream o Derek & The Dominos son influencias clásicas de las que tiran sin ningún rubor para romper el ritmo del concierto. Muy emotiva es la interpretación de Things My Father Said y Peace Is Free con la colaboración de un público entregado. Hay una química especial entre las dos partes, una cualidad que todo grupo debería esforzarse en conseguir. No es suficiente con ser perfectos técnicamente (Blackberry Smoke) o que la pirotecnia nos deslumbre (Rammstein). Por eso es de agradecer igualmente que no claven los temas de forma autómata, que los alarguen con improvisaciones y que los típicos discursos hacia la gente no suenen forzados. Si a estos extras se le unen temazos como Rain Wizard, Me And Mary Jane, Maybe Someday, Fiesta del Fuego, White Trash Millionaire o Blame It On The Boom Boom (vaya juego da un estribillo tan tonto), el resultado es casi perfecto. La única pega es que en la versión cd esté cortada y dure menos que el dvd. La otra, más habitual, que no pasan por España desde 2009. A ver si hay suerte y me los encuentro en algún festival el próximo verano. Más vale que vaya bien hidratado, porque con Black Stone Cherry no hay medias tintas. Seguro que, una vez más, me dejarán hecho polvo. De lo contrario, empezaré a preocuparme.

sábado, 31 de octubre de 2015

Inglaterra manda: vuelven Towers Of London y ¿el último disco de Def Leppard?

Gran Bretaña es la cuna del rock. Eso es un hecho innegable, indiscutible, un país admirable culturalmente que sigue produciendo nuevos grupos de calidad mientras los clásicos no acaban de retirarse nunca. En este sentido, dos noticias me han llamado la atención esta semana. Por un lado, Towers Of London están vivos. Al menos el núcleo duro de la que fue gran promesa del punk británico, regresa a la actualidad con Shake It, un nuevo single que espero forme parte del que sería su tercer disco. Y viene acompañado de un polémico video con el que recuperan aquel espíritu provocador, callejero, macarra y chulesco que impregnaba Blood, Sweat And Towers. Su debut, publicado en 2006, fue un soplo de aire fresco para un género musical que anda buscando a los nuevos Sex Pistols desde hace demasiados años. Como suele suceder de vez en cuando, aparece un grupo que lo tiene todo para triunfar. Imagen, buenas canciones, actitud, campaña promocional de apoyo y, sobre todo, un primer trabajo que me dejó atónito. Nada de relleno, 13 temas directos a la yugular destilando punk rock de quilates. Jugaban a caballo ganador con himnos como I'm a rat, Kill the pop scene, Fuck it up, King, Beaujolais, On a noose... La crítica estaba dividida, otros les acusaban de vender sólo imagen, cada actuación era sinónimo de follón, por lo que, en principio, el camino estaba abierto para que dieran el gran salto. Sin embargo, y esto sucede todavía con más asiduidad, sólo fueron 15 minutos de fama. La banda empezó a romperse y las presiones provocaron la rápida salida de un segundo disco extrañísimo: Fizzy Pop. Tampoco era malo a rabiar, aunque habían perdido el mojo. Se cebaron con ellos y pasaron a la historia. Hasta hoy. Shake It demuestra que no todo está perdido, anuncian actuaciones inminentes y que el nuevo material suena de vicio. ¿Será verdad? En los próximos meses saldremos de dudas.


No podía ser más acertado el título que han elegido Def Leppard para ilustrar lo que ofrece su décimo trabajo en estudio. Es como un disco de grandes éxitos con catorce canciones nuevas. El propio Phil Collen (en una provechosa segunda juventud) aseguraba en una entrevista que contenía trocitos de toda la carrera del grupo de Sheffield y así es. Desde ramalazos de la NWOBHM hasta la perfección detallista de Hysteria. Toques acústicos, hard rock, baladas, medios tiempos, influencias glam y funk, melodías vocales increíbles... Un puzzle sonoro al que sólo pongo dos pegas. Algunas canciones (muchas muy buenas) se quedan cortas, como sin acabar, aunque quizás querían evitar haber acabado publicando un doble álbum. La otra, el tufillo a despedida que desprende, culminado por esa maravilla que es Blind Faith. No sé por qué, pero el hecho de dar este repaso a su larga trayectoria (llevan juntos desde 1980) me huele a que van a decir adiós. Sería una pena, sobre todo después de lo que han luchado contra viento y marea para sobrevivir. Su época dorada ya pasó pese a que siguen siendo una banda importarte, llenando amplios recintos, y que no ha parado de girar. Y luego está la calidad que tienen como toda gran formación inglesa. Joe Elliot ha perdido voz, suplida por unas tablas ganadas a pulso en el escenario. Collen y Campbell son dos guitarristas más que competentes y ojo a los riffs que consiguen una vez más en Def Leppard. La base rítmica formada por los Ricks (Savage y Allen) no tiene nada que envidiar a otras a pesar de la minusvalía del batería. Más mérito aún para un grupo maldito, con mala suerte, pero que vendió la nada despreciable cifra de 20 millones de ejemplares de Hysteria. Casi nadie puede ni siquiera igualarlo. Por eso y mucho más se ganaron mi admiración en su día y por eso celebro que hayan grabado esta gran obra. ¿Será póstuma? Ojalá me equivoque...

martes, 20 de octubre de 2015

Saxon y Stryper asumen el control del heavy metal con Battering Ram y Fallen

Vaya dos pepinazos se han marcado Saxon y Stryper. Dos bandas veteranas, sobre todo la inglesa, que bien podrían vivir de las rentas, han cogido por el mástil la bandera del heavy metal para ondearla con orgullo. Cada uno en su estilo, sin salirse de la ruta habitual, han puesto toda su experiencia al servicio de Battering Ram y Fallen, sus nuevos discos. Lo digo una vez más y no me cansaré de repetirlo. En vez de tanto quejarse, habría que aplaudir a estos grupos sin nada que demostrar, pero que se esfuerzan en seguir sacando trabajos en estudio con regularidad. El tema del directo ya es aparte, porque no hace falta decir lo grandes que formaciones así son encima de un escenario. Nada menos que desde 1976 llevan vivos Biff Byford y los suyos como líderes, junto a Iron Maiden y Def Leppard, de aquella corriente musical denominada New Wave Of British Heavy Metal. Tras varios periodos de mayor (Wheels Of Steel, Denis & Heather, Strong Arm Of The Law) o menor popularidad, ahora mismo son una de las bandas fijas en cualquier festival de metal. A pesar de los años, su estado de forma es envidiable y sé por experiencia que nunca fallan. En este Battering Ram, su disco número 21, no encontramos nada nuevo. Portada y logos clásicos, guitarras cortantes como cuchillas tipo Accept, la voz aguda de Byfford con ese inconfundible acento inglés y una base rítmica que derriba muros. Aquí no hay trampas, esto es heavy metal puro, reinventado por los que lo sacaron de las cloacas y ejecutado con una precisión milimétrica. Puede que hasta se haga un poco reiterativo, pero con Saxon es lo que hay. No saben hacer otra cosa ni tienen intenciones de cambiar. Temas más rápidos, otros cumpliendo los esquemas típicos, historias de miedo como The Devil's Footprint, destaca algún interludio que sirve de tregua y, sobre todo, Kingdom Of The Cross. Un poema sobre la Primera Guerra Mundial recitado por el vocalista que pone el broche de oro a este trabajo sin sorpresas, aunque lo más importante es que no decepciona. La leyenda sigue viva.


Stryper tampoco son nuevos en esto. Fundados en 1983 en California, son conocidos en todo el mundo por su ideología (intencionada o no) cristiana. Se les ha criticado mucho por esto, algo que yo veo absurdo, sobre todo porque está fuera de toda duda que, ante todo, son una banda de hard rock (a veces heavy metal) capaz de hacer sombra o superar a los más malotes. La diferencia está en que, en lugar de referirse continuamente al diablo en sus letras o portadas, ellos lo hacen sobre Dios. Totalmente respetable salvo para los más obtusos. Inseparable a su imagen están también los colores amarillo y negro, ahora ya un poco menos, y el vozarrón de Michael Sweet. Capaz de llegar a unos agudos altísimos, la conserva en un estado envidiable. Aún recuerdo cómo me impresionaron, a finales de los 80, Soldiers Under Command, To Hell With The Devil e In God We Trust, sus mejores discos dentro de una etapa más glam, sobre todo en la estética. El sonido era matador, la batería de su hermano Robert martilleaba sin piedad, mientras los solos y las melodías vocales te atrapaban sin remedio. Tras un breve periodo de éxito, les sucedió lo mismo que a muchos grupos de su época y se acabaron separando, eso sí, dejando como brillante testamento Against The Law (enorme trabajo) en 1990. De vuelta a la vida en 2005, sus nuevas grabaciones no me han convencido tanto (salvo las versiones de The Covering) hasta No More Hell To Pay (2013). Recuperaron toda su esencia y lo han vuelto a hacer en el reciente Fallen. Durísimo, directo a la yugular, ya quisieran muchas bandas de este estilo conseguir esos riffs, acompañados de unos coros celestiales, nunca mejor dicho. Hay sorpresas curiosas, como la versión del After Forever de los 'satánicos' Black Sabbath. El resto, como sucede con Saxon, es lo mismo de siempre. Y esa es la mejor noticia. Si algo funciona y además estás cómodo con ello, ¿para qué lo vas a cambiar? Que experimenten otros y, por favor, que me los dejen tranquilos a ambos.

lunes, 12 de octubre de 2015

Conciertos de Dan Baird & Homemade Sin y Junkyard (Sala Arena, 9-10-2015)

The Ultimate Rock and Roll Experience. Así definía el cartel la visita a España en el mismo pack de Dan Baird & Homemade Sin y Junkyard. Nada más cercano a la realidad. Un lujo poder ver juntos a estos dos veteranos grupos estadounidenses, con el culo pelao después de tantos años girando, aunque todavía con mucho y bueno que ofrecer. Dos estilos diferentes de demostrar que no se necesitan muchos artificios para dar un gran concierto. Sólo cuatro o cinco tipos encima de un escenario sacando lo mejor que llevan dentro, sin importarles si delante de ellos hay 200 personas o 2.000. Buenas canciones, sudor, esfuerzo, muchas tablas, complicidad, química con el público... Los ingredientes necesarios se juntaron en la Sala Arena con un sonido aceptable para cocinar una gran noche de rock, y van unas cuantas, por lo que estamos de enhorabuena en la capital. Para las 20:00 horas estaba anunciado el inicio de la velada con Dan Baird y los suyos. Sin más, prescindiendo de intros o algo similar, con un pequeño retraso, empezaron a desgranar ese estilo suyo de tradición tan americana. Alternando temas más movidos con medios tiempos y baladas, las mayores ovaciones vinieron tras sonar clásicos de Georgia Satellites como I Dunno, Dan Takes Five o Keep Your Hands To Yourself. La banda está perfectamente engrasada con el vaquero (espuelas incluidas) Warner E. Hodges, también integrante de los Bluefieds, asumiendo de forma eficiente las tareas solistas con la guitarra, la rítmica es para Dan igual que las voces, quedando el bajo para Micke Nilsson y la batería para un Mauro Magellan de increíble parecido físico con el gran Alice Cooper. Presentaron varias composiciones nuevas de Get Loud, su último disco, que no desentonaron dentro del set list. Se nota que su punto fuerte es el directo, su terreno favorito, improvisando alguna pequeña jam que hizo las delicias de un aforo medio, sin agobios, lo que es de agradecer. Después de la actuación estuvieron firmando y hablando con los fans en el puesto de merchandising, mostrando, una vez más, que no tiene nada que esconder. Lejos del estrellato que quizás hubiera merecido, Dan Baird es un músico simpático y cercano que, junto a su inseparable chistera, sigue haciendo magia en forma de rock.


El segundo acto empezó a eso de las 22:00. Nos situamos a finales de los 80 e inicios de los 90 en la prolífica escena de Los Angeles. Guns N' Roses están en la cresta de la ola y cientos de grupos intentan subirse a ella. Geffen Records, el sello de Axl y compañía, ficha a Junkyard como una nueva apuesta para explotar el filón del sleazy, la variante sucia del rock, pero la jugada no salió del todo bien. El primer disco (1989) de título homónimo (ojo a Hollywood) es excelente, seguido del todavía mejor Sixes, Sevens & Nines (1991). Sin embargo, el negocio no perdona y la banda no acaba de despegar. Desaparecen del mundanal ruido hasta diez años después con un directo y las reedición de grabaciones guardadas en algún cajón. Las entradas y salidas en la formación han sido continuas, aunque David Roach sigue ahí con la voz intacta. O al menos eso me pareció a mí pese a que se disparó el volumen en la actuación del pasado viernes. Sonaron compactos, muy duros, con el inconfundible estilo gunner, unido a retazos de AC/DC e incluso Motorhead. Emocionante fue la interpretación de Simple Man, mientras que con Shot In The Dark, Misery Loves Company, Blooze, Back On The Streets, Lost In The City, Hot Rod o Long Way Home (tremenda) se sucedieron los bailes acelerados e incluso algún pogo entre los asistentes. A una velocidad frenética, el concierto de Junkyard llegó a su fin con una versión de Nice Boys, curiosamente uno de los temas que Guns incluyeron en el famoso (y falso) directo Live Like a Suicide. Igual fue casualidad, no lo sé, o un homenaje a aquella banda que dominó la tierra durante poco tiempo y a la que tanto se parecen. Es evidente que no tuvieron la misma suerte, como le ocurrió a Rock City Angels, aunque continúan vivos y eso es una excelente noticia. En los tiempos que corren, asistir a un evento así, sin trampa ni cartón y por partida doble es, sin duda, un privilegio.

sábado, 10 de octubre de 2015

Crítica de Michael Monroe: Blackout States (Caroline Records, 2015)

Michael Monroe es una apuesta segura. Es de los pocos músicos que quedan de los que te puedes fiar con los ojos cerrados. Nunca falla y su nuevo disco, Blackout States, es una prueba evidente de ello. La verdad es que no ofrece nada nuevo, es más de lo mismo, pero no sé cómo lo hace para facturar obras de tanta calidad una tras otra. Salvando las distancias, es un caso parecido al de Ramones (se les echa de menos) o AC/DC. Parece que se repiten eternamente, nunca se renuevan, no hay evolución, es como un bucle eterno que dura y dura y dura... Y ahí precisamente está el secreto de su éxito. El cantante finlandés no es un fenómeno de masas, aunque lleva en el rock tiempo más que suficiente, desde sus inicios en Hanoi Rocks, como para no tener que demostrar nada a nadie. A sus 53 años, su trayectoria en solitario es impecable, además de haber estado involucrado en otros proyectos como Jerusalem Slim (con Steve Stevens) o Demolition 23, uno de los mejores discos de punk de todos los tiempos. Tampoco es flojo, por poner un ejemplo, aquel Dead, Jail or Rock and Roll, un single-bombazo perteneciente al no menos brillante Not Fakin' It publicado en 1989. Su voz rasgada es inconfundible, igual que una vitalidad poco usual (esos ojos tan abiertos delatan que hay 'ayudita' extra) que se puede comprobar viéndole en directo. No para quieto un segundo mientras anima al personal a participar de la fiesta con sus inseparables saxo y armónica. Es un animal de directo, uno de esos artistas que morirá encima del escenario, espacio que domina ya sea en una pequeña sala o en grandes festivales. El resultado es el mismo: diversión asegurada.


En este efectivo Blackout States, el rubio finés se ha rodeado de sus compinches habituales. Viejos zorros de la escena punk, como Steve Conte o Sammi Jaffa, que saben muy bien lo que busca el líder del grupo. En anteriores trabajos contó con la colaboración del hiperactivo Ginger o Dregen, guitarristas de renombre que entran y salen. Da igual quién le acompañe, porque no hay forma de que saque un disco aburrido o poco inspirado. Ese rock sucio, callejero, glam, vacilón, sleazy, punkarra, en ocasiones comercial, es ideal para recuperarse de estados anímicos bajos. Insisto, son 13 temas que parecen seguir el mismo esquema, pero todos son diferentes. Los tres primeros son sencillos, inconfundibles en la carrera del cantante, con esa marca de la casa escandinava que jamás me cansaré de reivindicar. Baja un poco el pistón con Keep Your Eye On You, más melódica, mientras que el ataque sonoro de R.L.F. no hace prisioneros. Good Old Bad Days debería estar en el diccionario como definición del punk rock y no le hace ascos al pop en el tema título o Under The Northern Lights. La capacidad de generar melodías para los estribillos es increíble, surgen de forma natural, sin buscar nada del otro mundo. Monroe reparte invitaciones para cantar con él, algo complicado de conseguir en un estudio, donde todo es artificial y enlatado. Da la impresión de que nos lo haría pasar bien con lo que le echaran, hasta haciendo una versión de California Girls con David Hasselhoff (sí, sí, el de los Vigilantes de la Playa) en un documento impagable que se puede ver más abajo. Cosas como esta hacen de Michael un artista único, de rara especie, un showman a lo David Lee Roth cuya existencia es fundamental para la música de verdad y la vida en general.

viernes, 2 de octubre de 2015

Viernes repleto de novedades: Clutch, The Winery Dogs y Eagles Of Death Metal

Ya ni a pares, sino de tres en tres hay que ir analizando las novedades que el rock está escupiendo al mercado con asiduidad este otoño. Desde hoy ya se puede adquirir, por ejemplo, el Psychic Warfare de Clutch, la banda de Maryland comandada por el barbudo Neil Fallon. Es su disco en estudio número 11 y sigue la senda trazada (igual con una marcha menos) por el anterior y sobresaliente Earth Rocker. Admito que a esta gente la descubrí tarde. Su nombre me sonaba, pero nunca me ponía en serio con ellos no sé muy bien por qué razón, así que les cogí el gusto con su carrera bien avanzada. Tras la necesaria escucha de Blast Tyrant, lo que más me convenció fue su actuación en el Azkena presentando Strange Cousins From The West. El concierto empezó tardísimo, quizás demasiado, pero me di cuenta de lo buenos músicos que son, con ese rollo doom-stoner-blues tan original. Después no han hecho más que mejorar (sobrados en el Valley del Hellfest) hasta llegar a esta nueva obra sin apenas fisuras. Realmente, la calidad de los temas es altísima, con esa voz de Fallon tan característica, y esos pasajes western-country-blues que tanto les gustan. Ya no se cortan con alusiones a Texas o Virginia, alcanzando un momento épico con Doom Saloon y Our Lady Of Electric Light. Las canciones más rápidas son disfrutables también, igual que esos ritmos de batería y percusión rozando el funk. Un trabajo completo, variado, exactamente lo que se esperaba de Clutch ahora que están a punto de dar el gran salto. Una banda todavía de culto que tiene muchas opciones (calidad tienen por arrobas) de acabar entre los grandes. Es su gran oportunidad.


Otra ración de supergrupo nos llega con el segundo disco de los angelinos The Winery Dogs: Hot Streak. No sé de dónde saca el tiempo el batería Mike Portnoy para atender a todos sus proyectos. Se alió nada menos que con Richie Kotzen (voz-guitarra) y Billy Sheehan (Bajo) para dar forma a una auténtica maravilla de debut publicado hace dos años. Canela en rama fue el estreno de tres genios con una trayectoria intachable que poco tienen que demostrar a estas alturas. Tuve la suerte de verles en la Joy Eslava y todavía me estoy frotando los ojos. Además de lo buenos que son técnicamente, eso es indiscutible, consiguieron atrapar al público con un buen rollo y una profesionalidad que no esperaba. Fue un concierto soberbio, de los que se recuerdan cada cierto tiempo como ejemplo de perfección. Sin embargo, creo que han bajado un poco el acelerador en el estudio. Tras la frenética apertura con Oblivion, deudora de Mr. Big, para mi gusto se recrean demasiado en un trasfondo soul que encaja bien con la voz de Kotzen, pero deja a un lado el hard rock más tradicional. Incluso se atreven a jugar con el jazz en el tema título y un poco de flamenco en la parte central de War Machine. Todo lo que tocan lo bordan, insisto en ello, y los desarrollos instrumentales son bestiales. Sin embargo, echo de menos más potencia en los riffs de guitarra del ex miembro de Poison en el infravalorado Native Tongue. Los duelos con Sheehan nunca pueden faltar y qué voy a decir de Portnoy: es como un pulpo detrás de los tambores. En total, trece temas que se pueden hacer algo largos, lo que apoya la moda actual de muchos grupos de no pasar de nueve. Yo sólo les pediría más rock y menos experimentos, aunque poseen tanta destreza en cada idea, cada nota, que hasta me da vergüenza decirlo.


La tercera novedad del día viene desde la parte más festiva del stoner made in Josh Homme. En colaboración con su gran amigo de Palm Desert, Jesse Hughes, y con una portada más que sugerente, presenta el cuarto disco de Eagles Of Death Metal, Zipper Down. Muy pocas novedades se pueden encontrar comparándolo con obras anteriores. Temas divertidos, comerciales, algunos cercanos al pop, con letras ambiguas, sexuales, con la mujer como un referente común. Y es que Hughes juega a eso, al despiste con un look un poco rarito mientras habla de chicas sin parar. También pude verles hace tiempo en la Sala Caracol y la verdad es que pasé un buen rato. Son unos cachondos natos, la cara alegre de ese sonido desértico tan monolítico tipo Kyuss. El single Complexity es un síntoma inequívoco de que no piensan cambiar su discurso, igual que Got A Woman, Oh Girl o I Love You All The Time. Algo diferente es Skin Tight Boogie, en la que Homme ha metido mano de forma clara creando un tema que podría estar hasta en la marcianada que fue Them Crooked Vultures. Más extraña aún es Save a Prayer, que no pega nada dentro del conjunto por ser hasta un poco tristona. En diciembre pisarán de nuevo los escenarios españoles, por lo que es muy probable que me pase para echar unos bailes. A buen seguro que caerá alguna versión como la última vez, para lo que tienen bastante buen gusto. De las tres novedades de hoy, la de EODM me parece la más floja pese a que tiene esa rara cualidad de levantar el ánimo a cualquiera que lo tenga un poco decaído. Y eso, actualmente, es lo mínimo que pido.

sábado, 26 de septiembre de 2015

Graveyard y Casablanca, dos mundos opuestos desde la meca rockera de Suecia

Una vez más, y ya van unas cuantas, desde Suecia llegan un par de novedades bastante interesantes. Graveyard y Casablanca, dos grupos con propuestas musicales muy diferentes, han sacado a la venta esta semana sus nuevos discos. Innocence And Decadence es el título del cuarto trabajo de la banda retro comandada por Joakim Nilsson. Blues, swing, soul, psicodelia, rock and roll... todos los estilos que nacieron en los 60 y 70 hasta derivar en lo que hoy en día es el rock siguen más presentes que nunca. Con una portada que me recuerda al Technical Ecstasy de Sabbath, los de Göteborg por fin han conseguido lo que yo echaba de menos en sus anteriores propuestas musicales. Cada canción suena distinta, con identidad propia, para acabar con una excesiva repetición que, a mi juicio, llegaba a cansar. Lo que no han corregido del todo es la manía que tiene el vocalista (manejando varios registros) de participar demasiado y quitarle espacio a los desarrollos instrumentales. Un poco más de tiempo sí les da, pero sin pasarse. Sin embargo, nada de esto importa debido a la gran calidad de los once temas. Los adelantos de The Apple & The Tree y el blues Too Much Is Not Enough prometían una enormidad, se avecinaba algo grande. Y tanto, porque creo que se han superado publicando su mejor disco hasta la fecha. Como decía un poco más arriba, en la variedad está el secreto. Can't Walk Out es uno de los momentos álgidos, con unos cambios de ritmo que, en ocasiones, me recuerdan hasta a Screaming Trees. El trío que forman From A Hole In The Wall (voz extraña), Cause & Defect y Hard-Headed mantiene alto el interés del disco en su parte más dura, eso sí, siempre bajo la visión clásica de Graveyard. Los dos últimos temas llaman a la calma bluesera, con ese final perfecto que es Stay For a Song. Otro detalle novedoso es un cierto toque a lo Hendrix en algunas guitarras que siempre es bienvenido. Nunca está de más una influencia así para completar una obra posiblemente poco original, ya que se limita a actualizar lo que ya se hizo hace muchos años. En manos del oyente está disfrutar de este viaje atrás en el tiempo.


Miskatonic Grafitti es el misterioso título del tercer disco de Casablanca. Primero de una trilogía conceptual sobre H.P. Lovecraft, supone una vuelta de tuerca a su sonido habitual. Tampoco es que se hayan pasado al doom, porque el hard rock e incluso el AOR más dulzón siguen ahí, pero con matices progresivos y desarrollos más largos que nunca habían probado. Empezar con un tema de diez minutos muestra claramente lo que pretenden. Luego regresan a sus raíces con Closer, Re:Old Money o Name Rank Serial Killer. Estribillos marca de la casa, melodías pegadizas, solos muy bien elegidos para no cansar... Sin embargo, merece la pena detenerse en su faceta más novedosa, porque no les ha quedado forzado. Al contrario, destilan clase a raudales como les suele ocurrir (salvando las distancias) a de sus paisanos Europe. La inicial Enter The Mountains, This is Tomorrow, My Shadow Out Of Time, Sister, el tema título o los dos últimos son ejemplos de que algo está cambiando. Para bien o para mal, como suelo decir, depende del criterio de cada uno. A nivel individual, me encanta la voz aguda de Anders Ljung, muy típica de grupos nórdicos de este estilo, que llega a notas altas complicadas. Creo que Ryan Roxie, guitarrista de Alice Cooper, sigue por ahí junto al resto de los miembros pasado el examen con nota alta. Pese a que ya llevan un tiempo en el negocio, son una banda minoritaria, aunque con una discografía impecable. Nula promoción les dan, por lo que no es extraño que vengan a tocar y nos juntemos 200 locos (o menos) en una reducida sala. A veces lo pienso y llego a la misma conclusión: casi mejor que perderse en un estadio lleno de gente que no sabe ni lo que está viendo. Son dos mundos opuestos, igual que Graveyard y Casablanca. A elegir toca. 

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Let's Go, adelanto del nuevo disco de la banda maldita del rock: Def Leppard

La expresión "pongo un circo y me crecen los enanos" se queda corta aplicada a Def Leppard. No creo que exista un grupo con tan mala suerte. Ni tampoco que se haya sobrepuesto a las desgracias una y otra vez. El accidente del batería Rick Allen en el que perdió un brazo, la muerte del guitarrista (el cerebro en la sombra) Steve Clark y la dura enfermedad contra la que lucha su sustituto, Vivian Campbell, son argumentos suficientes para haber acabado con la carrera de cualquier banda. Lejos de rendirse, los británicos han vendido nada menos que 100 millones de copias de sus discos alrededor del mundo. Su época dorada de Pyromania e Hysteria (imprescindibles) queda ya un poco lejos, pero ahí siguen, al pie del cañón. Raro es el año en el que no están de gira, mientras que en estudio continúan ofreciendo muestras de su calidad cada cierto tiempo. El que tuvo retuvo, dicen por ahí. Nada despreciables son los proyectos paralelos del vocalista Joe Elliott (otro inquieto) y su compañero Phil Collen. Invito a escuchar con atención los dos trabajos de Down N' Outz como tributo a Mott The Hoople o el más reciente y bluesero Delta Deep. El sector más duro nunca les ha perdonado sus devaneos con el pop, el country u otros estilos un poco alejados de sus inicios, situados en la New Wave Of British Heavy Metal. Sea como sea, es innegable su contribución al rock en diversas y fructíferas etapas, desde que nacieron en Sheffield en 1978 hasta hoy en día. Para el próximo 30 de octubre está prevista la salida de su décimo trabajo titulado, simplemente, Def Leppard. El propio Elliott desveló en Instagram hace unos días los títulos de las catorce canciones que contendrá mientras se suceden las declaraciones típicas de "es lo que mejor que hemos hecho desde Hysteria", "hay guitarras muy duras", "tiene un contenido muy variado"... Ya veremos.


De momento está disponible un adelanto, un Let's Go (no confundir con Let It Go del High N' Dry) que, si suena a algo, es a ellos. Se trata del esquema repetido hasta la saciedad que siempre les ha dado muy buenos resultados. Un tema comercial, edulcorado, radiable y apto para todos los públicos. Puede gustar más o menos, ahí no entro, pero lo cierto es que parece un clásico Leppard de toda la vida. O al menos de la segunda etapa más sofisticada (o floja según sus detractores) que, efectivamente, se inició con el multimillonario Hysteria. Nunca la dejaron apartada pese a que en anteriores trabajos como el irregular Songs From The Sparkle Lounge dejaron claras sus influencias glam de los 70. Lo de este single parece un regreso en toda regla a la fórmula que les hizo dar el gran salto. No sé si el resto de su nueva obra seguirá por ahí, aunque catorce canciones dan para mucho. Podrían hacer un repaso de toda su carrera si quisieran. No debe estar muy mal Campbell a pesar de su tratamiento (el guitarrista de Trixter ocupó su puesto en una actuación para la NFL ) porque veo que tienen preparadas varias giras por Japón, Australia e Inglaterra junto a Whitesnake. Espero y deseo que se dejen caer por aquí, ya que guardo muy buen recuerdo de mis experiencias en directo con ellos en varios festivales. Comprendo que a mis amigos se les abriera la boca de aburrimiento cuando interpretaron entera su obra maestra en el Hellfest. Para disfrutar Hysteria en su integridad hay que ponerse en un contexto especial. A mí, sin embargo, me pareció un momento irrepetible. Es lo que tiene luchar contra los elementos, no bajar los brazos jamás... Una situación que conozco bien y que saca lo mejor (y lo peor) que cada uno tiene dentro. Hay una canción suya que les define mejor que nada ni nadie: Undefeated. Invencibles.