No voy a criticar a Myles Kennedy, porque su elección para la banda de Slash me parece perfecta. Es elogiable que no quiera ser un clon de Rose. Va sobrado de potencial vocal y clava los temas, aunque el pasado martes, por primera vez de las tres que les he visto, eché de menos aquellos finales de las canciones en los que Axl torturaba su garganta y se escuchaba algo parecido a un gato al que le pisan la cola (You Could Be Mine). Eran marca de la casa, algo indispensable y Myles, ya sea a propósito o no, los ha eliminado de los conciertos. Igual en los anteriores tampoco lo hizo, no lo recuerdo, aunque esta vez me invadió la nostalgia de aquel grupo mítico, rompedor, que puso patas arriba el rock and roll. Sé que la reunión es una utopía, pero admito que no tenía mi mejor día y casi se me saltan las lágrimas. Slash, que ha hecho de su chistera un icono inconfundible, se dejó la piel en el escenario utilizando todo tipo de guitarras. La habitual Gibson naranja, de doble mástil, acústicas... Con todas demostró que le encanta lo que hace. Es feliz, se mete a la gente en el bolsillo, y por eso no se corta para hacer un solo de diez minutos en Rocket Queen (vaya temazo que cerraba el Appetite). Los temas de su primer disco en solitario, del Apocalyptic Love y el reciente World On Fire no desentonan y son muy disfrutables en directo. Hasta el bajista, Todd Kerns, se atrevió a cantar Dr. Alibi y Welcome To The Jungle ante la algarabía general. Hay buen rollo entre ellos y por eso el show tuvo un ritmo alto, no desfalleció pese a mi extraña impresión de que algo faltaba. El final de fiesta (con confetti a lo Kiss) de Paradise City fue apoteósico y todos parecieron quedar satisfechos. Saul Hudson, que es el verdadero nombre del músico inglés, también acabó feliz tras su paso por España. Incluso en su Twitter avisaba a los promotores de que le guardaran más fechas en nuestro país para el futuro. Espero que así sea y allí estaré, con nostalgia, aunque seguro que tendré un día mejor. Lo prometo.
Rock&Roll: género musical de ritmo marcado, derivado de una mezcla de diversos estilos de la cultura folklórica estadounidense, (doo wop, rhythm&blues, hillbilly, blues, country y western son los más destacados) y popularizado desde los 50 hasta nuestros días.
Van Halen collage
viernes, 10 de julio de 2015
Concierto de Slash (Barclaycard Center Ring, 7-07-2015): Nostalgia con chistera
Dicen que cualquier tiempo pasado fue mejor. En el caso de Slash, con algunos matices, puede que sea cierto. El hecho de haber pertenecido a la última gran banda mainstream de rock juega a su favor y también en su contra. O al menos esa fue la sensación con la que salí del largo concierto que ofrecieron en el Palacio de Madrid en formato center ring. En vez de utilizar todo el aforo del recinto, unos grandes telones tapan las gradas y el público, todo de pie, se sitúa en la pista con el escenario en su lugar habitual. No está mal pensado, aunque me pareció algo frío, no sé, faltaba algo y quizás por eso no estuve cómodo en ningún momento. La gente cada vez fuma más en sitios cerrados como este pese a la prohibición vigente, lo que contribuyó bastante a que no estuviera a gusto. En lo estrictamente musical, el grupo tocó durante dos horas, algo que es de agradecer en estos tiempos, y estuvo bastante correcto. El sonido no fue espectacular, pero el set list bien elegido y los clásicos eternos de Guns N' Roses lo subsanaron. El camino que ha elegido Slash me parece más honesto que el de su ex compañero y actual enemigo Axl Rose. Tanto su carrera en solitario como la de Velvet Revolver tiene momentos muy brillantes gracias a un sonido parecido al que llevó al estrellato a los Guns. Siempre he pensado que así es como sonarían en la actualidad si todavía estuvieran juntos. Igual me equivoco, pero el pastiche sobreproducido del Chinese Democracy no me acaba de convencer. ¿Qué quiere ofrecer realmente Axl con sus mercenarios? ¿Es verdad que tiene escritos miles de temas? Nadie lo sabe con exactitud pero, y ahí está el problema, cuando suenan Sweet Child Of Mine, Welcome To The Jungle, Paradise City, Nightrain o cualquier canción del Appetite For Destruction (cada vez estoy más seguro de que fue grabado por alienígenas) se te viene a la cabeza esa voz rota, chillona, y la imagen del cantante de Indiana contoneándose como una culebra.
No voy a criticar a Myles Kennedy, porque su elección para la banda de Slash me parece perfecta. Es elogiable que no quiera ser un clon de Rose. Va sobrado de potencial vocal y clava los temas, aunque el pasado martes, por primera vez de las tres que les he visto, eché de menos aquellos finales de las canciones en los que Axl torturaba su garganta y se escuchaba algo parecido a un gato al que le pisan la cola (You Could Be Mine). Eran marca de la casa, algo indispensable y Myles, ya sea a propósito o no, los ha eliminado de los conciertos. Igual en los anteriores tampoco lo hizo, no lo recuerdo, aunque esta vez me invadió la nostalgia de aquel grupo mítico, rompedor, que puso patas arriba el rock and roll. Sé que la reunión es una utopía, pero admito que no tenía mi mejor día y casi se me saltan las lágrimas. Slash, que ha hecho de su chistera un icono inconfundible, se dejó la piel en el escenario utilizando todo tipo de guitarras. La habitual Gibson naranja, de doble mástil, acústicas... Con todas demostró que le encanta lo que hace. Es feliz, se mete a la gente en el bolsillo, y por eso no se corta para hacer un solo de diez minutos en Rocket Queen (vaya temazo que cerraba el Appetite). Los temas de su primer disco en solitario, del Apocalyptic Love y el reciente World On Fire no desentonan y son muy disfrutables en directo. Hasta el bajista, Todd Kerns, se atrevió a cantar Dr. Alibi y Welcome To The Jungle ante la algarabía general. Hay buen rollo entre ellos y por eso el show tuvo un ritmo alto, no desfalleció pese a mi extraña impresión de que algo faltaba. El final de fiesta (con confetti a lo Kiss) de Paradise City fue apoteósico y todos parecieron quedar satisfechos. Saul Hudson, que es el verdadero nombre del músico inglés, también acabó feliz tras su paso por España. Incluso en su Twitter avisaba a los promotores de que le guardaran más fechas en nuestro país para el futuro. Espero que así sea y allí estaré, con nostalgia, aunque seguro que tendré un día mejor. Lo prometo.

No voy a criticar a Myles Kennedy, porque su elección para la banda de Slash me parece perfecta. Es elogiable que no quiera ser un clon de Rose. Va sobrado de potencial vocal y clava los temas, aunque el pasado martes, por primera vez de las tres que les he visto, eché de menos aquellos finales de las canciones en los que Axl torturaba su garganta y se escuchaba algo parecido a un gato al que le pisan la cola (You Could Be Mine). Eran marca de la casa, algo indispensable y Myles, ya sea a propósito o no, los ha eliminado de los conciertos. Igual en los anteriores tampoco lo hizo, no lo recuerdo, aunque esta vez me invadió la nostalgia de aquel grupo mítico, rompedor, que puso patas arriba el rock and roll. Sé que la reunión es una utopía, pero admito que no tenía mi mejor día y casi se me saltan las lágrimas. Slash, que ha hecho de su chistera un icono inconfundible, se dejó la piel en el escenario utilizando todo tipo de guitarras. La habitual Gibson naranja, de doble mástil, acústicas... Con todas demostró que le encanta lo que hace. Es feliz, se mete a la gente en el bolsillo, y por eso no se corta para hacer un solo de diez minutos en Rocket Queen (vaya temazo que cerraba el Appetite). Los temas de su primer disco en solitario, del Apocalyptic Love y el reciente World On Fire no desentonan y son muy disfrutables en directo. Hasta el bajista, Todd Kerns, se atrevió a cantar Dr. Alibi y Welcome To The Jungle ante la algarabía general. Hay buen rollo entre ellos y por eso el show tuvo un ritmo alto, no desfalleció pese a mi extraña impresión de que algo faltaba. El final de fiesta (con confetti a lo Kiss) de Paradise City fue apoteósico y todos parecieron quedar satisfechos. Saul Hudson, que es el verdadero nombre del músico inglés, también acabó feliz tras su paso por España. Incluso en su Twitter avisaba a los promotores de que le guardaran más fechas en nuestro país para el futuro. Espero que así sea y allí estaré, con nostalgia, aunque seguro que tendré un día mejor. Lo prometo.
domingo, 5 de julio de 2015
Poison: Look What The Cat Dragged In (1986). El disco con el que empezó todo
Cada historia tiene un por qué, un inicio, un momento clave, y la mía con el rock empezó con Look What The Cat Dragged In. Tampoco es que lo recuerde muy claramente, pero estoy casi seguro de que Poison fue mi primer contacto con un estilo musical que ha marcado mi vida. Hubo flirteos anteriores con las canciones pop que inundaban los programas de radio que estaban tan de moda a finales de los 80. Sin embargo, este disco editado en 1986, me tocó la fibra sensible, estimuló esa parte del cerebro reservada para la parte artística que tenemos cada uno. Algún compañero de clase me dejó una de aquellas míticas cintas TDK de 90 en las que cabían dos discos, uno por cada cara. Lo mejor de aquella forma de almacenar música era cómo se ilustraban las cajas de plástico de las cintas. A veces sólo se escribían los títulos de los temas, aunque también se dibujaban las portadas a mano (había auténticas obras maestras) o se fotocopiaban las originales. En la carátula del debut de Poison aparecían cuatro seres indeterminados, no se sabía muy bien si eran hombres o mujeres, pero el contenido sonoro me cautivó de inmediato. I Want Action, Talk Dirty To Me, la balada I Won't Forget You, la canción que daba título al disco, Blame It On You, Let Me Go To The Show... Vaya marcha tenía aquello pese a que la propuesta era muy sencilla, al grano, con letras invitando a la fiesta continua rodeados de alcohol y mujeres. Por si esto fuera poco, los vídeos musicales estaban pegando fuerte y en TVE había hasta programas que los emitían. Sí, sí, vídeos de rock en televisión, juro que no lo he soñado. Los del grupo de Filadelfia eran un descontrol total. Ni se molestaban en disimular el play back mientras ofrecían un catálogo de vicios interminable (coches, chicas, bebida, juego) mientras mostraban sus pintas estrafalarias al más puro estilo glam sin ningún rubor. Yo no daba crédito a lo que estaba viendo y, desde ese momento, Poison se convirtieron en uno de mis favoritos. Nunca lo he ocultado aunque fueran criticados hasta la saciedad por los sectores más duros que nos les perdonarán nunca por su imagen y, sobre todo, porque triunfaron.
Y es que pocos (yo el que menos) podían sospechar que Bret Michaels, CC Deville, Bobby Dall y Rikki Rockett estaban destinados a convertirse en estrellas. No por mucho tiempo, pero disfrutaron de esos años de gloria con los que sueña cualquiera que se dedique a esto. Su segundo disco, Open Up And Say Ahh... fue un bombazo de ventas con la megabalada Every Rose Has Its Thorn rompiendo en pedazos las listas de éxitos. Llenaban pabellones en USA y cruzaron el charco para actuar en Donington en 1990. Mantuvieron el nivel con el brillante Flesh And Blood, aunque la marcha de Deville, que no pudo evitar sucumbir ante los excesos, significó el principio del fin. Está claro que Ritchie Kotzen es un guitarrista de gran talento (ojo a Winery Dogs), pero se había perdido ese aroma fiestero tan inherente a Poison. Native Tongue es un trabajo maduro, bluesero y me encanta escucharlo de vez en cuando pese a que siempre he pensado que le faltaba algo de picante. Remontaron un poco al fichar a Blues Saraceno para tocar en Crack A Smile, que sí me recordaba a los inicios más juerguistas. La reunión era inevitable, aunque todo lo que han publicado con la formación original no me ha gustado mucho. El EP Power To The People (con directo incluido) y Hollyweird son flojos y sólo se salvan algunas canciones de Poison´d, su último trabajo de versiones con un We're An American Band bastante logrado. Nunca de asomaron mucho por Europa, así que creo que me quedaré con las ganas de verles en directo. Una pena, porque en el DVD Live Raw&Uncut (2008) parecían estar en buena forma. El grupo está medio deshecho con Michaels haciendo realities en TV, cantando country, creo que el resto actúan con otro vocalista en actos benéficos y sólo espero con ganas el nuevo proyecto de Rockett (Devil City Angels) junto a otra leyenda sleazy como es Tracii Guns. Por el ritmo que llevan, creo que no lo editarán hasta el año que viene, justo cuando hayan pasado nada menos que 30 de la aparición del aquel Look What The Cat Dragged In. Diez canciones que no duraban casi ni cuatro minutos cada una, pero que me abrieron las orejas para entrar de lleno en el rock. A partir de ahí me lancé en una carrera sin retorno y el resto es también otra historia, de momento, interminable.
Y es que pocos (yo el que menos) podían sospechar que Bret Michaels, CC Deville, Bobby Dall y Rikki Rockett estaban destinados a convertirse en estrellas. No por mucho tiempo, pero disfrutaron de esos años de gloria con los que sueña cualquiera que se dedique a esto. Su segundo disco, Open Up And Say Ahh... fue un bombazo de ventas con la megabalada Every Rose Has Its Thorn rompiendo en pedazos las listas de éxitos. Llenaban pabellones en USA y cruzaron el charco para actuar en Donington en 1990. Mantuvieron el nivel con el brillante Flesh And Blood, aunque la marcha de Deville, que no pudo evitar sucumbir ante los excesos, significó el principio del fin. Está claro que Ritchie Kotzen es un guitarrista de gran talento (ojo a Winery Dogs), pero se había perdido ese aroma fiestero tan inherente a Poison. Native Tongue es un trabajo maduro, bluesero y me encanta escucharlo de vez en cuando pese a que siempre he pensado que le faltaba algo de picante. Remontaron un poco al fichar a Blues Saraceno para tocar en Crack A Smile, que sí me recordaba a los inicios más juerguistas. La reunión era inevitable, aunque todo lo que han publicado con la formación original no me ha gustado mucho. El EP Power To The People (con directo incluido) y Hollyweird son flojos y sólo se salvan algunas canciones de Poison´d, su último trabajo de versiones con un We're An American Band bastante logrado. Nunca de asomaron mucho por Europa, así que creo que me quedaré con las ganas de verles en directo. Una pena, porque en el DVD Live Raw&Uncut (2008) parecían estar en buena forma. El grupo está medio deshecho con Michaels haciendo realities en TV, cantando country, creo que el resto actúan con otro vocalista en actos benéficos y sólo espero con ganas el nuevo proyecto de Rockett (Devil City Angels) junto a otra leyenda sleazy como es Tracii Guns. Por el ritmo que llevan, creo que no lo editarán hasta el año que viene, justo cuando hayan pasado nada menos que 30 de la aparición del aquel Look What The Cat Dragged In. Diez canciones que no duraban casi ni cuatro minutos cada una, pero que me abrieron las orejas para entrar de lleno en el rock. A partir de ahí me lancé en una carrera sin retorno y el resto es también otra historia, de momento, interminable.
jueves, 2 de julio de 2015
Conciertos de Little Caesar (La Boite, 30-06-2015) y COC (Sala Arena, 1-07-2015)
Menudo doblete de conciertos en plena ola de calor en Madrid. Dos bandas, dos estilos muy diferentes, dos formas de entender el rock para dejarnos exhaustos una vez más. Para empezar, los incombustibles Little Caesar. Un grupo americano injustamente tratado en su día por motivos que se escapan a mi comprensión. Porque lo tenían todo para haber triunfado a lo grande. Temazos, imagen, apoyo de un sello potente (Geffen), Bob Rock como productor en los míticos estudios de Vancouver... El resultado fue un disco de debut imponente publicado en 1990 que, como mínimo, estaba a la misma altura que otras grandes obras de hard rock de la época. Aún recuerdo el vídeo de Chain Of Fools que ponían a todas horas en la MTV (la de verdad y no la vergüenza de ahora) con Ron Young destilando soul por todos sus poros bordando esta versión que popularizó Aretha Franklin. La mayoría de las canciones de ese primer trabajo cayeron en La Boite. Down n' Dirty, Hard Times, Rock n' Roll State Of Mind, In Your Arms, Drive It Home, I Wish It would Rain y Wrong Side Of The Tracks formaron parte del set list junto a otras del Influence, Redemption y el más reciente American Dream. Pese a que el sonido no me convenció del todo, la voz (y los tatuajes) de Young siguen intactas, además de su forma de ganarse al público. Tiene muchas tablas y acapara todo el protagonismo. Sus compañeros lo saben y permanecen en un segundo plano con el bajista (menudo gigante) ayudando en los coros. Han pasado muchos años, aunque supongo que en la mente de Ron aún rondará la idea de tocar en grandes estadios antes que en pequeños clubs. O igual prefiere tener pocos y fieles seguidores que nunca fallan a la cita en salas oscuras, reducidas, calurosas, lejos de las grandes superficies. Eso me pareció cuando agradecía la cercanía de la gente asegurando que la música consiste precisamente en eso. Puede que tenga razón, pero insisto en que Little Caesar mereció mejor suerte. Mucha más, pero los derroteros de la música son caprichosos.
Un día después llegó el plato fuerte. Un objetivo cumplido que no alcancé hace casi 20 años. Si la memoria no me falla, el 22 de septiembre de 1996 fue la última vez que Corrosion Of Conformity (con Pepper Keenan) visitaron Madrid como teloneros de Metallica junto a Soundgarden. Muy buen cartel del que casi no tengo recuerdos pese a que asistí al evento. Ni buenos ni malos, pero conservo la entrada, lo juro. En fin, la banda de Carolina del Norte se ha reactivado como cuarteto para rescatar en su repertorio los temas de los cuatro discos que grabaron juntos: Deliverance, Wiseblood, America's Volume Dealer e In The Arms Of God. Perfecta elección, ya que, para mí, es lo mejor que tienen en su extenso catálogo en estudio. Menos punk, que tampoco se desprecia, con el añadido de un regusto a Black Sabbath, más doom y stoner. Como trío no están mal, pero creo que la voz, la presencia en escena y la guitarra rítmica de Keenan (cómo me recuerda a su amigo James Hetfield) les hace ganar muchos enteros. Aparcada su larga actividad con Down, Pepper se ha reunido con Woody Weatherman, Mike Dean y Reed Mullin durante una gira revival que parecía más corta y que se ha ido alargando hasta llegar a España por sorpresa. Menos mal, porque ofrecieron un señor concierto en la Sala Arena de Madrid. Tras un prólogo extraño con un tipo canturreando Thin Lizzy, salieron a escena para demostrar que siguen en forma. Abrieron con la mejor forma de calentar los instrumentos que es These Shrounded Temples, seguida de Broken Man, King Of The Rotten y así, clásico tras clásico, con una energía, buen rollo y profesionalidad encomiables. Y eso que debieron acabar con las existencias de cerveza en la sala, porque vaya manera de engullir tercios. Al que vi un poco desconectado de todo fue a Dean, que estaba en su mundo con el bajo y se marcaba unos bailes muy curiosos, extrañísimos, aunque me parece que él es así. Aparte de las más famosas y coreadas, las canciones que mejor sonaron fueron las de In The Arms Of God (discazo), pero en conjunto fue una actuación brutal, muy intensa y sin el objetivo de hacer ruido de forma inconexa. Todo lo contrario. El grupo está ensamblado, tiene mucho empaque y espero que les dé por meterse en el estudio para crear algo nuevo. Ya veremos, porque esta gente es muy inquieta y nunca se sabe. Por cierto, de este concierto, además de guardar la entrada, sí que me acordaré. Lo esperaba con muchas ganas y respondió a las expectativas. Y con creces.
viernes, 26 de junio de 2015
El curioso caso de Matthew Trippe como suplente de Nikki Sixx en Mötley Crüe
Este tipo de leyendas me encantan. Rumores nunca demostrados sobre suplantaciones de músicos famosos que, por un motivo u otro, fueron sustituidos en algún momento por un doble parecido a él. Hace poco me encontré con más detalles de un caso así que me sonaba, aunque nunca pensé que hubiera llegado tan lejos. Todo ocurrió en 1983, cuando los managers de Mötley Crüe (uno de mis grupos de cabecera que están inmersos en la que dicen que es su última gira) se vieron obligados a cambiar a Nikki Sixx por un tal Matthew Trippe. Según el relato de este último, el bajista había sufrido un grave accidente de coche que le impedía seguir en la banda, por lo que Doc McGhee y Doug Thaler decidieron ofrecerle el puesto tras un encuentro del propio Trippe con Mick Mars. En una conversación que tuvo lugar en el mítico Troubadour de Los Angeles, el guitarrista le contó lo que había pasado con Sixx y, aunque el otro le dijo no conocer a los Crüe, le enseñó varias canciones que había compuesto que convencieron a Mars. Ya en la oficina de management, tocó algunos temas como Danger, I Will Survive y Black Window que supusieron su fichaje definitivo. Incluso, cuando iba a firmar el contrato, le obligaron a hacerlo bajo el nombre artístico de Nikki Sixx. Al entrar en el estudio para grabar Shout At The Devil (dice que él sugirió el título) junto a sus nuevos compañeros, no le gustaron nada Looks That Kill, Ten Seconds To Love o Too Young To fall In Love. Menos mal que no le hicieron caso y las descartaron. Entre agosto y septiembre de 1984, Matthew pasó un mes en prisión por estar involucrado en un crimen y allí escribió Fight To Your Rights, del Theatre Of Pain. Ante la pasividad de los managers y el sello discográfico para pagar su fianza, se buscó un abogado de oficio, pero en marzo de 1985 fue arrestado de nuevo. Fue entonces cuando McGhee le dijo que estaban seguros de su culpabilidad y que le iban a sustituir por Frank Feranna, el verdadero de un Nikki Sixx ya recuperado. Aquí se acaba la historia, siempre según la versión de Trippe.
Ahora viene la otra parte del serial. Por supuesto, tanto Doc como el sello Elektra niegan tajantemente que nada de esto hubiera ocurrido. Eso sí, admiten que hubo algunos cambios en la cara de Sixx en el período que va del Shout At The Devil al Theatre Of Pain. Durante varios conciertos y sesiones de fotos de la época, el bajista lleva siempre gafas oscuras y aparece con la cara medio tapada. ¿Casualidad? Tres cosas que no se puede negar: una persona que respondía al nombre de Nikki Sixx fue admitida en el Centro Médico USC en junio de 1983, Trippe alega haber compuesto Shout At The Devil pese a que el grupo ya la había tocado antes en el US Festival y, por último, es imposible que aparezca en la contraportada del Theatre Of Pain al estar encarcelado. En enero de 1988, Matthew presentó una demanda reclamando dinero por haber compuesto varias de las canciones más famosas de Mötley Crüe. Se supone que la letra de Say Yeah, una cara B de una recopilación del grupo, habla con sorna de este asunto. Para ellos, el caso no existió ni se refieren a él para nada en la biografía de obligada lectura The Dirt. En diciembre de 1993, la denuncia fue retirada y poco más se sabe de su protagonista. Cayó en el más profundo de los olvidos, alcoholizado, enfermo, hasta que falleció en diciembre del año pasado. Se llevó la verdad a la tumba y, aunque fuera sólo en su imaginación, vivió el sueño de muchos jóvenes cuando llegó a California desde Pennsylvania en 1983. Obsesionado con Kiss y el satanismo, asegura que reemplazó a Nikki Sixx, que ya era famoso por sus excesos, en una banda que estaba destinada al estrellato. ¿Lo hizo de verdad o fueron sólo sus delirios? Nunca lo sabremos, ¿verdad Paul McCartney?
martes, 23 de junio de 2015
Concierto de Kiss (Barclaycard Center, 22-06-2015): Corabi se cuela en las Fallas
Hay que empezar a admitirlo. El día que Kiss se retiren, el rock perderá un brazo, una pierna o algún otro miembro vital para su supervivencia. No morirá, como precisamente Gene Simmons afirma, pero quedará seriamente tocado. Y el caso es que en directo siempre hacen lo mismo, hasta la última explosión está controlada al milímetro, cada pose, cada nota... Eso sí, reto a alguien a que me diga quién ofrece un espectáculo de esta magnitud mejor que el suyo. Ahora mismo, nadie, o tan sólo tres o cuatro grupos que al final de la crónica nombraré. Ahí está el secreto de que las entradas vuelen y de que nos hagan tan felices cada vez que vienen. En esta ocasión, los americanos maquillados aterrizaron en el Palacio para cerrar su gira 40 aniversario y, como se esperaba, no decepcionaron. Fueron el plato fuerte de un banquete musical con un aperitivo de lujo: The Dead Daisies. Si he de ser sincero, a priori me interesaba más ver a los teloneros por la presencia de John Corabi, uno de mis cantantes de culto, aunque al final acabé rindiéndome a las estrellas de la noche. Ya he visto en Kiss en varias ocasiones, así que seguí con todo detalle el concierto que abrió la velada. Sólo les dieron 45 minutos para demostrar lo que valen, pero vaya si los aprovecharon. Revolución es un disco brillante que sonó todavía mejor en directo. Las versiones, muy bien elegidas, completaron un set list corto, intenso, y algunos nos quedamos con ganas de más. El recinto estaba medio lleno, aunque respondió para apoyar a un Corabi inmenso de voz, con muchas tablas, acompañado por Richard Fortus, Marco Mendoza, Dizzy Reed, David Lowy y Tommy Cufletos. Todos perros viejos, gente que sabe lo que se hace y entre los que hay una química más que especial. Ojalá el proyecto siga adelante en futuros trabajos, porque lo seguiré muy de cerca.
Media hora después, el telón negro con el inmenso logo de Kiss que tapaba el escenario se vino abajo. Atronó Detroit Rock City (¿hay algún tema mejor para empezar un concierto?) y la gran fiesta del rock ya no se detuvo. El sonido bastante bueno, mejor que en otras ocasiones, y repertorio equilibrado. Me encantó que enlazaran el trío Creatures Of The Night-I Love It Loud-War Machine de uno de sus mejores discos. Más recientes, pero igual de buenos, son Psycho Circus o Hell Or Hallelujah, que se mezclaron con clásicos como Deuce, Calling Dr. Love, Cold Gin, Love Gun (con el vuelo de Stanley) y God Of Thunder (Simmons sangró por la boca y voló casi hasta el techo), Lick It Up y Black Diamond. Casi nada, menudo repaso a su carrera. Y faltaban los bises. Antes quiero detenerme en la actuación personal de cada uno. Había muchas dudas sobre la voz y el estado físico de Paul Stanley. Los años y los excesos no pasan en balde para nadie, aunque creo que estuvo a la altura. Algún gallito se le escapó y no llega a algunos tonos, razón por la que quizás ya no tocan ninguna balada. Le sobró algún discursito, pero sus sugerentes movimientos en escena siguen ahí. A Gene Simmons, que no me cae especialmente bien, le vi como siempre, con sus movimientos típicos, la lengua kilométrica y asumiendo tareas vocales a medias con Stanley. Mientras, Tommy Thayer y Eric Singer (gran batería) me parecen más que dignos sucesores de Ace Frehley y Peter Criss por mucho que los más puristas les critiquen. Gene no es tonto y sabe que recaudarían aún más dinero con la formación original. Si les echaron, por algo será. Para la recta final dejaron tres joyas como Shout It Out Loud, I Was Made For Lovin' You (apoteósica) y, como siempre, Rock And Roll All Nite mientras el confetti, junto a las explosiones y el fuego, convertían el Palacio en unas improvisadas Fallas con 10.000 fans bailando y cantando sin parar. Se encendieron las luces y todo eran caras de felicidad, satisfacción, de sudor bien aprovechado. Las mismas que he visto tantas y tantas veces tras los conciertos de AC/DC, Iron Maiden, Metallica, Black Sabbath o Aerosmith. ¿Hay relevo para estos grandes del rock? Es la pregunta del millón. En la actualidad, creo que la respuesta es un rotundo NO.
sábado, 20 de junio de 2015
How To Be A Man: libro y EP del inquieto ex bajista de Guns N' Roses Duff McKagan
Otro que no se queda tranquilo ni aunque lo aten. Si en posts anteriores hablaba de Corey Taylor y Dave Grohl como dos de los músicos más inquietos del rock, Michael Andrew Duff McKagan no está muy por detrás de ellos en actividad. El que fuera bajista de la época dorada de los añorados Guns N' Roses, los auténticos, siempre está involucrado en multitud de proyectos en los que demuestra su enorme versatilidad. Y rodeado de lo mejorcito que se puede encontrar por ahí para darles forma. Ya cuando estaba al servicio de su banda madre, con esa imagen de estar colgado casi siempre, se hacía cargo de las tareas vocales en lugar de Axl en algún tema como So Fine (Use Your Illusion II). Sus raíces punk le venían como anillo al dedo a la versión en directo de Attitude, de los Misfits. Luego se incluyó en el Spaguetti Incident, el último disco del grupo original en el que rendían tributo, precisamente, a tan desarraigada tendencia musical. Duff pone su voz a varias canciones y, personalmente, creo que You Can't Put Your Arms Around A Memory, de Johnny Thunders, les quedó de fábula. A partir de la separación de los últimos bad boys del rock and roll, son innumerables las formaciones que él mismo puso en marcha o en las que participa. Por orden cronológico, pero a la inversa, lo último que se sabe de él, además de haber tocado el bajo como invitado con Axl y sus mercenarios, es la reciente publicación de la biografía How To Be A Man (And Other Illusions). Un libro que viene acompañado de un EP de tres canciones en el que participan Jerry Cantrell, de Alice In Chains, y su ex compañero de los Guns, Izzy Stradlin. La canción que da título a la obra es semiacústica, pero muy atractiva, con un toque muy a lo Cantrell. De hecho, Duff nació hace 51 en años Seattle, por lo que sus vínculos con el grunge siempre han sido lógicos. Los otros dos temas, Punker y Kill The Internet, son más eléctricos y se describen por sí solos con el título: una punk y la otra más moderna. Me convence esta corta propina e intentaré hacerme con el libro, porque seguro que desvela algún trapo sucio sobre aquellos tiempos degenerados en Los Ángeles.
Volviendo a la conexión Seattle, no se puede pasar por alto su participación en Walking Papers. En 2012 vio la luz su primer disco (espero que no único) repleto de un variopinto espectro de influencias. De la batería se hace cargo Barrett Martin, de Screaming Trees y el descubrimiento, al menos para mí, es el vocalista Jeff Angell. Les vi en directo en el Hellfest del año pasado y pese a que el calor nos estaba derritiendo, ahí había calidad a raudales. Canciones tranquilas, otras menos, estructuras muy cuidadas y la guinda en el estudio la pone la guitarra invitada de Mike McCready, de Pearl Jam. Se supone que son unos amigos que se juntaron para pasar un buen rato grabando. Pues que queden otra vez, porque el resultado es óptimo. Echando la vista un poco más atrás, Duff y los Loaded es su banda más prolífica en lanzamientos, aunque confieso que es a la que menos atención he prestado. Pese a todo lo que ocurrió con Slash y Matt Sorum en el final de los Gn'R, nunca perdió el contacto con ellos y los tres forman parte (creo que la banda existe aún) de Velvet Revolver. Ya dije en otra ocasión que, en mi opinión, se equivocaron al elegir a Scott Weiland como frontman. Pese a todo, Contraband (2004) y Libertad (2007) se dejan escuchar y tienen sus momentos. En 1996, el bajista rubio formó parte del mejor proyecto en el que ha estado: Neurotic Outsiders. Junto Steve Jones de los Pistols y Andy Taylor, de Duran Duran (Sorum en los tambores) crearon un discazo soberbio. El sonido es nítido, arrollador, con una base punk que se diversifica en el hard rock americano más puro. Una maravilla que, tristemente, se quedó ahí con unos documentos de mal sonido que se encuentran en la red que tiran para atrás. Por una reunión de esta gente pagaría lo que fuera, igual que de los Guns N' Roses originales. Son continuos los rumores (casi semanales) sobre el regreso de Axl y compañía y yo no me los creo. Sería más fácil que Messi fichara por el Madrid, aunque si Figo ya se cambió de acera... ¿Quién sabe?
miércoles, 17 de junio de 2015
La pierna fracturada de Dave Grohl y el descubrimiento de Spotify sobre el rock
Vaya mala pata, nunca mejor dicho. La gira festivalera de Foo Fighters, que por supuesto no iba a pasar por aquí, se ha visto alterada por la fractura de la pierna derecha de su líder, Dave Grohl. Una caída en el concierto de Suecia de hace cinco días le hizo salir escayolado al escenario, después de visitar el hospital, para terminar la actuación sentado mientras explicaba lo ocurrido a los asistentes. Un serio inconveniente por el que ya se han suspendido tres apariciones veraniegas de la banda, incluyendo las de Wembley en Londres y la del mítico Glastonbury que estaba programada para el 26 de este mes. Conociendo al músico nacido en Ohio hace 46 años (no personalmente aunque lo intuyo), por él seguro que no hubiera existido problema alguno para seguir adelante. Sin embargo, los médicos, con buen criterio, le han aconsejado descanso para que el hueso se recupere perfectamente. La radiografía de la lesión fue publicada en las redes sociales, así que los entendidos pueden echarle un vistazo para estimar cuánto va a tardar Dave en volver a dar guerra sobre un escenario. Y es que con Grohl no hay medias tintas. O le adoras o le odias. Muchos le acusan de oportunista, de aprovecharse de las modas, aseguran que no tiene talento, de comercial, edulcorado, rockero de pega... A mí su carrera me parece asombrosa. Tras afrontar un papel secundario como batería de Nirnava, en 1995 grabó él solo el debut de Foo Fighters y su fama ha ido creciendo hasta llegar a nueve discos en estudio que tienen de todo. Canciones redondas, otras lo son menos, pero de lo que no hay ninguna duda es de que, en la actualidad, es el único grupo de rock capaz de coger el relevo de los grandes para llenar un estadio o garantizar un sold out en un festival. Por no hablar de su hiperactividad en multitud de colaboraciones y proyectos en Probot, Tenacious D, Queens Of The Stone Age, Them Crooked Vultures... Es productor, compone, toca todos los instrumentos, y su devoción por el rock en todas sus vertientes queda demostrada en los documentales de obligado visionado como son Sound City y Sonic Highways. En fin, que no para quieto y ahora le mandan reposo. Resulta paradójico.
¿Será por detalles como el de Suecia que los seguidores del rock son los más fieles? No lo digo yo, sino un estudio de Spotify que refleja la lealtad de los fans según los estilos de música. Un gráfico demuestra que el aficionado al Heavy Metal es el más fiable a la hora de apoyar sus gustos. Igual no es el ejemplo más adecuado, es evidente que Foo Fighters no son Judas Priest, pero como el Rock también ocupa los puestos más altos igualado con Folk y Country, creo adivinar el por qué de tanta devoción. O al menos uno de los motivos. Está claro que Ozzy y David Lee Roth cantan fatal, que Vince Neil está pasadísimo de peso, que Angus está mayor, Paul Stanley se esfuerza, pero suelta unos gallos de consideración, la pegada de Ulrich ya no es la que era y Hetfield no llega a los agudos en los temas del Kill Em' All... Sus seguidores lo saben, no son tontos, pero las entradas no duran ni cinco minutos a la venta. ¿Por qué? Porque saben lo que quieren y saben que lo van a tener. Durante dos horas en algunos casos, se pueden olvidar de todo, disfrutar con sus amigos de espectáculos únicos que, por desgracia, no van durar siempre. La cara de satisfacción de Andy Copping, el promotor del Download Festival, viendo como casi 100.000 personas pasan el mejor fin de semana del año embarrados hasta las cejas disfrutando de sus grupos favoritos, lo dice todo. Llueva o truene, ahí están. Puede que el rock, o más bien su industria, no esté pasando por el mejor momento, pero actitudes como la de Dave Grohl garantizan su supervivencia. Nunca se me olvidará su última visita a Madrid en la que se indignó por el escenario austero, sin ni siquiera pantallas de vídeo, que le pusieron en el Palacio. Lejos de tocar un rato para cumplir y largarse, se arremangó y junto a sus Foo Fighters nos regaló un concierto memorable de casi tres horas. Por eso no creo que nadie se debiera sorprender por el resultado del citado estudio. Mientras existan artistas así, no creo que el rock vaya a morir nunca. De hecho, si hubiera que hacer el Camino de Santiago para ver a Tom Petty de una vez en España, me apuesto lo que sea a que muchos nos encontraríamos en el trayecto. Eso sí, mejor con las dos piernas en condiciones para llegar a tiempo a cantar American Girl.
¿Será por detalles como el de Suecia que los seguidores del rock son los más fieles? No lo digo yo, sino un estudio de Spotify que refleja la lealtad de los fans según los estilos de música. Un gráfico demuestra que el aficionado al Heavy Metal es el más fiable a la hora de apoyar sus gustos. Igual no es el ejemplo más adecuado, es evidente que Foo Fighters no son Judas Priest, pero como el Rock también ocupa los puestos más altos igualado con Folk y Country, creo adivinar el por qué de tanta devoción. O al menos uno de los motivos. Está claro que Ozzy y David Lee Roth cantan fatal, que Vince Neil está pasadísimo de peso, que Angus está mayor, Paul Stanley se esfuerza, pero suelta unos gallos de consideración, la pegada de Ulrich ya no es la que era y Hetfield no llega a los agudos en los temas del Kill Em' All... Sus seguidores lo saben, no son tontos, pero las entradas no duran ni cinco minutos a la venta. ¿Por qué? Porque saben lo que quieren y saben que lo van a tener. Durante dos horas en algunos casos, se pueden olvidar de todo, disfrutar con sus amigos de espectáculos únicos que, por desgracia, no van durar siempre. La cara de satisfacción de Andy Copping, el promotor del Download Festival, viendo como casi 100.000 personas pasan el mejor fin de semana del año embarrados hasta las cejas disfrutando de sus grupos favoritos, lo dice todo. Llueva o truene, ahí están. Puede que el rock, o más bien su industria, no esté pasando por el mejor momento, pero actitudes como la de Dave Grohl garantizan su supervivencia. Nunca se me olvidará su última visita a Madrid en la que se indignó por el escenario austero, sin ni siquiera pantallas de vídeo, que le pusieron en el Palacio. Lejos de tocar un rato para cumplir y largarse, se arremangó y junto a sus Foo Fighters nos regaló un concierto memorable de casi tres horas. Por eso no creo que nadie se debiera sorprender por el resultado del citado estudio. Mientras existan artistas así, no creo que el rock vaya a morir nunca. De hecho, si hubiera que hacer el Camino de Santiago para ver a Tom Petty de una vez en España, me apuesto lo que sea a que muchos nos encontraríamos en el trayecto. Eso sí, mejor con las dos piernas en condiciones para llegar a tiempo a cantar American Girl.
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